No es una misión agradable llamar a los demás al arrepentimiento.
Sin duda sería mucho más bonito y menos problemático dar buenas noticias en lugar de avisos y advertencias. Pero que no sea agradable no significa que no sea necesario. Nos resulta difícil entender una buena educación a los niños si de vez en cuando no se les reprende ni se les corrige. Todos sabemos lo que ocurre con los niños consentidos a los que casi nunca se les ha privado de ningún capricho, ni se les ha corregido a tiempo: de mayores suelen ser personas caprichosas, egoístas e incluso tiranas. Pedagógicamente la corrección es algo necesario, al igual que el premio y la alabanza. Son dos caras de la misma moneda. Pero además de ello, educar no sólo consiste en reprender y alabar, sino en saber hacerlo a tiempo, en el momento oportuno; es sin duda todo un arte del que bien tenemos que aprender del maestro supremo, cuya pedagogía se derrama de una forma admirable a través de la historia.
La historia de los creyentes está salpicada de llamadas divinas al arrepentimiento. No pocas veces los profetas son enviados a pedir la conversión del pueblo cuando este se ha desviado de los mandatos de Dios, como el caso de Jonás en Nínive. No es esta una misión que haya que hacer siempre, sino cuando el camino de los hombres es un camino que se aparta del que Dios nos traza para que lleguemos hasta Él. Así, desde Adán y Eva la humanidad se empecina en construir sus propias sendas, en jugar a ser adultos renunciando a la infancia espiritual con la que Dios nos bendice. Hay cosas que no podemos hacer sin Dios, como un niño no puede hacer sin los adultos. Es peligroso, por ejemplo, dejar a un niño jugar con fuego o con cuchillos; cuando tales cosas ocurren no hay más remedio que atajarlas antes de que la cosa vaya a peor.
En toda respuesta a la conversión sólo caben dos opciones: hacer caso y enmendar la conducta restituyendo lo dañado, como el caso de Nínive, o bien empeñarse terca e infantilmente en seguir el camino equivocado que lleva al desastre. No se trata de que el educador profetice siempre calamidades, sino de que advierta que cuando uno juega con fuego, sin responsabilidad, quemarse solo es cuestión de tiempo.
Para la verdadera conversión hace falta volver a ser como niños, tener la humildad suficiente para dejarse instruir por las leyes de Dios aceptando que las nuestras son un sucedáneo dañino. No es fácil y en buena medida depende de la habilidad del educador que advierte y corrige. Hay quienes necesitan ternura y paciencia en la corrección y los hay también quienes necesitan contundencia y rigidez. Por eso no extraña que Jesús actúe frente a los pecadores de forma aparentemente tan irregular: con paciencia y ternura ante algunos y con rigidez e incluso violencia frente a otros, como el caso de los hipócritas.
No es este un error educativo de Jesús, sino una habilidad de la que debemos aprender los convocados a compartir su misión profética, invitando sin miedo a la conversión. Ir a esta misión con actitudes fijas e inamovibles es dañino; severidad y ternura son dos actitudes a llevar en ambas manos, conjugándolas con sabiduría y paciencia.
El tiempo tampoco puede ser el mismo para todos; también en su uso vemos como Jesús no es parcial. Para los hipócritas y artífices de injusticias el tiempo se ha cumplido, no caben más plazos y el momento ha llegado sin remedio; sin embargo, para los oprimidos, es decir, aquellos obligados a vivir como pecadores por no cumplir la ley o por debilidad reconocida, dicho tiempo es un tiempo abierto, una puerta al SEGUIMIENTO. Por ello Jesús no pide de entrada la conversión de aquellos pescadores de Galilea como la pide a los fariseos y saduceos, que eran hombres religiosos y poderosos, sino que los llama para que compartan su misión haciéndolos pescadores de hombres.
¡Qué curiosa contradicción que Dios convoque a pecadores para salvar a pecadores! Y sin embargo no hay contradicción alguna. La llamada a la conversión para todos es la misma, pero dadas las características de cada uno el tiempo tiene que ser distinto. Los que reconocen su pecado no tienen plazos fijos, sino un camino al seguimiento, toda una vida para cambiar siguiendo la estela del Maestro. En cambio, los que no aceptan más maestros que ellos mismos no tienen tiempo; ellos mismos lo han agotado; solo cabe la advertencia severa y rígida, incluso por boca de los que ellos mismos han condenado a ser pobres, enfermos y pecadores; aquellos que no tienen miedo a dejarlo todo y a seguir al Maestro de maestros; aquellos que lo ponen todo en un segundo plano con tal de priorizar la experiencia de saberse llamado por Dios.
De esta forma el camino cristiano es un camino contundente a la vez que entrañable. Contundente es la llamada a la conversión, a vivir como si no poseyéramos, como si no gozáramos de los bienes de este mundo, como si no riéramos o lloráramos porque todo es pasajero. Y entrañable en cuanto no nos agobia con plazos fijos. Desde el momento que somos capaces de aceptar sin prepotencia y con humildad que somos pecadores, que necesitamos esa conversión que se nos anuncia, el plazo se abre de nuevo y la conversión se convierte en llamada al seguimiento. De pecadores pasamos a ser “pescadores” de otros que todavía no han vivido ni experimentado esta tremenda e inenarrable gracia.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 130,9 KB