Vivir es como librar una gran batalla; una batalla que comienza con el primer llanto desgarrador en el paritorio y que parece acabarse con el último aliento, con el que tratamos de aferrarnos inútilmente a esta tierra en la que vamos de paso. Vivir ya es un pequeño triunfo, un triunfo que se verá amenazado y a veces truncado por infinidad de enemigos acechantes que tratarán de derrotarnos. Sabemos que el último enemigo es la muerte y que inevitablemente esta nos llevará a su terreno para librar la última y definitiva batalla. También sabemos por la fe y por los pequeños destellos que despiertan en nosotros las batallas ganadas, que este enemigo no tiene la última palabra y que, con el poder de la oración, venceremos.
Existe también un aspecto en esta guerra que todavía pasa muy desapercibido para el cristiano, y es que nadie libra una batalla por sí solo, nadie va a la guerra por su cuenta; si uno vence, vencemos todos y su uno es derrotado, todos lo somos. Por ello resulta consolador imaginarse la escena de Moisés orando por la victoria de su pueblo mientras que Jur y Aarón le apoyan recurriendo a argucias realmente ingeniosas y de una enorme creatividad. Son los brazos de Moisés los que se alzan al cielo, como los del sacerdote cuando preside la Eucaristía dando gracias en nombre de toda la comunidad anhelante del Dios vivo; pero esos brazos en actitud orante ya no son los de un hombre, sino los de todo un pueblo que eleva en ellos sus plegarias, arrimando “piedras” (apoyo) para que no se canse el intercesor, prestándole toda la ayuda necesaria para que sus brazos humanos y frágiles nunca desfallezcan.
En mi andar peregrino puedo asegurar que si no he tirado la toalla, si no he bajado los brazos, es porque una extraña fuerza me los mantiene alzados al Dios vivo. A veces no tengo ni tan siquiera fuerzas para abrir los ojos y como un zombi mis pasos se derraman por las tumbas de este mundo; pero cuando un soplo de gracia me abre la mirada, puedo ver a mi lado a muchos rostros manteniendo mis brazos en alto para que todos ganemos: los rostros de mi familia y amigos más queridos, de comunidades de religiosas de clausura e incluso de no creyentes a los que me unen unos sueños teñidos simplemente de colores diferentes.
Lo peor que puede hacer el intercesor es creer que puede subir solo a la montaña para rezar por la victoria de los demás. Ni tan siquiera Cristo trabajó en solitario. Cierto que sus discípulos no eran, ni son actualmente un modelo a seguir, humanamente hablando; pero tenemos algo que muy pocos logran mantener: la unidad; una unidad que se manifiesta en la oración permanente, una oración que estoy bien seguro que nunca ha cesado desde que el primer ser humano alzó los brazos a lo alto en busca del Misterio que le envolvía.Siempre hay alguien rezando en el mundo, aunque sea en lenguas desconocidas o en religiones exóticas y desconocidas; la oración es una especie de música de fondo que acompaña a la humanidad en todas sus actuaciones. Gracias a ella vivimos; su efecto es contagioso y su poder indestructible.
Si rezáramos más, si como una “mosca cojonera” machacáramos y machacáramos las puertas cerradas de nuestro propio corazón en el que tenemos atrapado a Dios, la vida sería mucho mejor de lo que sin duda es. ¿Nos atrevemos a imaginarlo? Pues es posible. Jesús nos invita a ello con un ejemplo cotidiano; incluso los malvados ceden con tal de “quitarse el muerto de encima”. ¡Cuanto más aquel que ya está poniendo en la creación todo lo que tiene y todo lo que es, en espera de que esta le abra definitivamente las puertas!
Pablo propone un camino inagotable de creatividad en los consejos que da a Timoteo. Lo que él sugiere es el uso de la Palabra de Dios como instrumento de oración y evangelización. No se trata sólo de la Palabra hecha letra, enlatada en biblias, sino de la Palabra viva que nos habita, la que clama en nosotros, aquella que los demás pueden leer con solo mirar nuestros ojos. Toda oración es desbordante y contagiosa. Orar es transgredir, ir más allá, pedir incluso por los que no quieren que se pida por ellos, compartiendo con toda la humanidad la victoria que se intuye tras el horizonte que nos abre la esperanza. Orar también exige insistir a tiempo y a destiempo. El buen pintor procura estar pintando siempre para que cuando la musa del arte sople en su alma, sus manos se encuentren dispuestas a plasmar ese hálito de divinidad sobre el lienzo.
Tendríamos que aprender a orar incluso cuando dormimos, porque el descanso es también fruto de la victoria.
Por último, este irradiar orante no puede ni debe ser invasivo ni hiriente. Por ello Pablo pide insistencia, pero también comprensión y pedagogía. No se trata por tanto de vencer imponiendo, sino convenciendo. Dios podría suprimir el mal de golpe, derrotarlo en un instante, pero con él sería también segada la parte del trigo de su mies.
Dios no busca la venganza, ni la aniquilación del malvado, sino su conversión; esta es su fuerza y también su debilidad. Por ello el cristiano ha de aprender a compaginar el espíritu y ardor del guerrero en la construcción del reino de Dios, con la dulzura y paciencia de la madre en la educación de sus hijos más rebeldes. Esto es lo que distingue la fe del nazareno de otras muchas formas de entender a Dios. No pedimos a Dios, pedimos CON Dios; No imponemos a Dios, proponemos a Dios, aunque sea a destiempo; y no bajamos los brazos porque no son nuestros brazos, sino los brazos clavados a un madero de uno de los nuestros, que a destiempo habló, a veces gritando y a veces callando, pero siempre ofreciendo una victoria triunfal y gratuita.
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