¿Qué ocurre cuando hacemos todo lo que tenemos que hacer para lograr algo, pero lejos de recoger el fruto todo nos sale al revés? Los fracasos inmerecidos son momentos de frustración y desaliento. No es esta una experiencia ajena a Dios. A lo largo de la historia de la humanidad, Dios ha tenido que afrontar permanentemente muchos fracasos no merecidos. En la biblia no son pocos los textos que aluden a esta ingratitud de la creación para con el Creador; en este domingo se usa para ello la imagen de la “viña”, que en la tradición biblia es un símbolo del pueblo elegido de Dios.
Pero, aunque la comparación de la viña es la misma en la primera lectura de Isaías que en el evangelio, se trata de relatos diferentes: cuando Isaías escribió este texto, el pueblo judío estaba a punto de afrontar una de sus mayores catástrofes por culpa de su alejamiento de la Ley divina. El pueblo elegido había devenido en un pueblo sin justicia social al olvidarse de la Ley (la Torah), sobre todo de la ley del amor que hacía que las personas fueran justas y rectas en sus acciones. Gran culpa de ello la tenían los políticos de aquella época, cuya obcecación había llevado al pueblo a una profunda crisis que culminaría con el destierro en Babilonia. Isaías advirtió que Dios no podría seguir manteniendo su protección a una viña que, en lugar de dar el dulce fruto de la vid, producía la amargura de los agrazones. Esta no es una decisión parcial o caprichosa de Dios, sino que pone como jueces de esta actitud a los mismos hombres, decidiendo retirar las protecciones para dejar la viña expuesta a los peligros. Dejar una viña sin vaya ni protección suponía en aquella época permitir que la naturaleza silvestre se adueñara de ella, desordenando lo cultivando por la mano del hombre y convirtiendo en un erial lo que era una tierra fértil.
En Mateo, la comparación es diferente, tal vez porque las circunstancias históricas y el objetivo del evangelista también lo son. Mateo escribe su evangelio para los judíos, con el objetivo de que reconocieran en Jesús al Mesías esperado. En la comparación de Mateo, la viña no es la culpable de su falta de fruto, sino que lo son unos labradores ávidos de robar los frutos para quedarse con las ganancias.
Mateo usa esta comparación de la viña porque era fácil de entender para las autoridades judías, jugando con el símbolo de los enviados del dueño de la viña (los profetas del antiguo testamento) y del propio hijo (Jesucristo). Apaleados y expulsados unos y asesinado el hijo fuera de la viña (en alusión a la muerte de Jesús fuera de las murallas de Jerusalén), Mateo conecta una vieja imagen bíblica con el mensaje evangélico de arrepentimiento y conversión para reconocer en Cristo al hijo de Dios, enviado al mundo para salvarnos. Su intención es pedir a los viñadores que den a Dios el fruto de su trabajo en la viña sin pretender apoderarse de la cosecha como ladrones.
En nuestra vida no son pocos los momentos en los que nos quedamos sin “defensas”. De repente nuestras murallas y protecciones caen y el mundo exterior irrumpe en nuestro corazón con toda su fiereza. Jugamos con fuego y nos quemamos; creemos que la viña es nuestra y que podemos hacer de ella lo que queramos; la consecuencia es siempre terrible, bien para nosotros o para los demás. En estos casos es tiempo de gritar como en el salmo, “¡Ven a visitar tu viña!, ¡Danos vida para invocar tu nombre! ¡Restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!
Pablo nos pide, desde su animosa carta a los filipenses, que no nos cansemos de orar y suplicar con acción de gracias. Sólo quien pide, abre su corazón a Dios, cerrándolo al orgullo y a la soberbia. Pedir es la llave de la dicha; una puerta humilde pero necesaria para que la paz custodie nuestros corazones, como nos dice Pablo. El cristiano ha de tener en cuenta todo lo bueno del mundo, porque en el mundo no todo son agrazones. Si somos enviados es para ayudar a fomentar lo bueno y poner en práctica el evangelio que hemos aprendido. Si así lo hacemos, aunque la persecución trate de robarnos la paz, nuestro corazón estará seguro porque Dios lo custodiará con muros de justicia y con vallas de rectitud. De esa forma nuestra viña, lejos de dar agrazones, dará dulces uvas con las que elaborar el vino de la alegría que tanto necesita el mundo.
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