La verdad es como un espejo. Si no nos gusta lo que en él vemos, de nada sirve romperlo descargando toda nuestra ira en un objeto que únicamente proyecta la realidad tal cual es, no como queremos que sea. La verdad suele generar miedo; cuando ese miedo no se gestiona bien suele convertirse en fuente de agresividad. Esta experiencia humana universal es la que queda recogida en el libro de la Sabiduría; las intrigas de la gente malvada nacen, en el fondo, de la propia inseguridad e incapacidad para gestionar la realidad. El hombre justo es como ese espejo; no hace falta mucho más para mostrar la verdad que reflejarla; basta con estar ahí, ser lo que se es sin ninguna otra pretensión. La verdad no hay que gritarla y mucho menos imponerla; no es un látigo con el que fustigar, sino una luz con la que iluminar. Al creyente le basta ser lo que es, estar ahí, proyectarse mediante una vida coherente en el mundo. No nos debería extrañar si ese mundo se revuelve de forma agresiva, persigue o maquina para no tener que soportar esa voz callada, pacífica y justa que cada hombre coherente lleva consigo y grita desde el silencio de su testimonio.
Nosotros, los cristianos, no estamos exentos de esas intrigas. Como podemos ver por las diferentes cartas que retratan el ambiente de las primeras comunidades, las luchas y disputas entre los cristianos han sido siempre algo habitual desde el comienzo de la Iglesia; mucho me temo que lo seguirán siendo hasta el final. Lo vemos con claridad en la carta de Santiago que estamos leyendo durante estos últimos domingos. La mundanidad se introduce dentro de la Iglesia y, casi sin darnos cuenta, las relaciones entre hermanos se convierten en relaciones dominadas por la envidia, las luchas intestinales y el rencor inmaduro. Ese ambiente es el caldo de cultivo ideal para los diferentes pecados con los que hemos salpicado nuestra propia existencia y la historia humana. Nuestras comunidades no son muy diferentes de las comunidades que escribe Santiago. Deberíamos atender bien a sus palabras para corregir, en la medida de lo posible, nuestros malos hábitos. Como podemos ver, no se trata de un tema exclusivamente religioso; en este caso la religión, le ética y el puro civismo se dan la mano para enseñarnos una lección válida para todos.
Santiago nos alienta a construir relaciones nuevas fundadas sobre el gran valor de la PAZ. Toda justicia brota de esa paz. Por ello, antes de imponer unas relaciones justas o tratar de construirlas por medio de normas, programas o planes teóricos, deberíamos preguntarnos si en nuestro corazón está bien asentada la paz; ¿Produce esa paz en nosotros suficiente equilibrio y templanza para afrontar las “tempestades” que afloran en nuestras comunidades? Si queremos unas comunidades cristianas donde la justicia brote por doquier, hemos de comenzar cultivando la paz en nuestros corazones. Lo demás vendrá solo.
En la misma comunidad de discípulos de Jesús podemos observar este problema. Desde la semana pasada Marcos nos ha empezado a mostrar un Cristo que ha renunciado a las masas para centrarse en sus discípulos. Marcos comienza en la segunda parte de su evangelio un periodo en el que Jesús es mostrado “instruyendo” a los suyos, preparándoles para la pasión que necesariamente sobrevendrá. El fracaso al intentar llevar el reino de Dios a un pueblo que no le reconoce le lleva a adentrarse en la relación más íntima y personal con sus discípulos. De alguna manera, Jesús comienza a ser más introvertido, a buscar en los que tiene más cerca la comprensión que no logra encontrar en las masas. Como veremos, hasta su muerte y resurrección será también una misión imposible porque los discípulos andan entretenidos en otros asuntos más mundanos, como organizar las estructuras y determinar cuáles de ellos deben desempeñar los cargos más “importantes”. Nada nuevo en las luchas de poder tan típicas de los ambientes curiales o de las sacristías rancias.
El evangelio retrata perfectamente el miedo de los discípulos a preguntar al maestro por aquello que no entienden. De nuevo nos enfrentamos con el mismo sentimiento descrito al principio: el miedo que, como hemos dicho, es la fuente de la agresividad. No se trata de un miedo externo provocado por la reacción de Jesús (que la semana pasada llamó a Pedro “Satanás”); se trata un miedo mucho más profundo. Es el miedo a conocer la verdad, a tomar conciencia del sentido de la cruz, del sacrificio y de la entrega. Preguntar supone encontrar la respuesta, una respuesta que suele ser incómoda; por ello es mejor no preguntar, no indagar y consagrar el seguimiento a la entretenida tarea de mirarse el ombligo y repartirse los puestos; eso sí, nunca de forma abierta, sino como se suele hace en los círculos inmaduros y cerrados: murmurando a escondidas, cuchicheando y confabulando.
Frente a esta actitud, Jesús utiliza a un niño como modelo. En tiempos de Jesús, la palabra “niño” era equivalente a la palabra “esclavo”; es decir, el último, el que no cuenta, el siervo de todos. Los niños no sólo son inútiles para trabajar o para la guerra, sino que además hacen preguntas impertinentes y tienen poco sentido del ridículo; estas cosas desaparecen, por desgracia, cuando nos hacemos “mayores”; con ello también desaparece la inocencia original sin la cual no se puede entender de forma correcta el mensaje de Jesús. Es importante recuperar al niño que llevamos dentro, renovar nuestro bautismo y volver a una actitud de asombro, confianza y gratuidad. También es importante que la búsqueda de la paz no sea entendida como una especie de estrategia pastoral. El silencio, la oración, el servicio y la humildad no pueden ser valores que se usen como una especie de “arma” o tiempo de espera para una mejor oportunidad. Dicho de otra manera, las actitudes cristianas no son valores que se viven desde fuera, no son apariencia, sino que representan un corazón puro y verdadero que late con latidos de sinceridad.
El silencio no puede ser un método para esperar tiempos u oportunidades mejores; de ser así nada habrá cambiado en nosotros. Ese silencio debería ser realmente un tiempo de encuentro con Dios para recuperar al niño que llevamos dentro y darle alas para que pueda volar por el cielo que Jesús nos pone delante hasta alcanzar la eternidad.
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