Nuestra manera de vivir refleja nuestra cercanía o lejanía a Dios.
Nuestras obras hablan de nosotros, nos dicen cómo somos, qué hay en nuestro corazón y qué tipo de relación hemos construido con los otros y con Dios. Sería bueno seguir el consejo del apóstol Santiago y revisar nuestras obras para comprobar la calidad de nuestra fe.
Para el judaísmo del que emerge el Evangelio, ser sabio era equivalente a cumplir la ley de Dios. El hombre inteligente es, por tanto, quien cumple esta ley, no quien dice conocerla pero luego no la lleva a la práctica. Si nos fijamos en la ley de Dios (en los mandamientos) no hay nada nuevo que no se encuentre ya en otras tradiciones y religiones.
En realidad, la biblia no descubre nada nuevo, sino que recoge y presenta como verdadero aquello que es obvio, natural, normal, lo que cualquier persona (creyente o no) puede considerar como lógico o de sentido común. Dicho de otra manera: la verdad es la verdad no porque esté escrita en la biblia, sino al contrario: la ley de Dios aparece en la biblia porque es verdad y porque cualquier persona de buena voluntad puede reconocerla como tal a poco que sea sincero consigo mismo. Ni la biblia ni la religión fundan la verdad, ni la reciben de un más allá misterioso a través de videntes o personas elegidas; la cosa es más sencilla: los “elegidos” de la biblia no hacen más que despertar a esta verdad universal que se haya inscrita en lo más íntimo del corazón humano, en su ser más profundo. Cuando esta verdad es contrastada con otros, se descubre su valor universal como germen de la sabiduría humana, una sabiduría que florecerá a lo largo de la historia con formas y colores diferentes, pero siempre con una base común.
El problema que se presenta a la hora de poner en práctica esta experiencia religiosa es también universal; afecta a todo ser humano, sea de la condición, raza o cultura que sea. Existe el riesgo de que aquellas tradiciones y religiones que ponen negro sobre blanco el contenido de la verdad que Dios inscribe en el corazón humano, se auto erijan (incluso sin pretenderlo) en los “jueces” de dicha ley o verdad; es decir, en los únicos capaces de recibirla, interpretarla y enseñarla correctamente. La tentación es tan sutil que a veces los más fervientes creyentes acaban convirtiéndose en los más agresivos y terribles enemigos de aquello que pretenden defender y promover. ¿Cuántas injusticias y atentados contra los derechos humanos no se siguen cometiendo en nombre de la verdad y la justicia divina? El fariseísmo se terminó convirtiendo en un paradigma de esta grave desviación que Jesús pone de manifiesto en el Evangelio de este domingo.
En el fondo, el fariseísmo arrebata a Dios la función de discernir entre el bien y el mal, reviviendo una y mil veces el pecado de Adán y Eva (por ello le llamamos pecado original). La actitud farisea no interpreta la realidad a la luz del amor de Dios, sino que la desgarra juzgándola y separándola en dos polos opuestos: el bueno y el malo; delimitando con sus propios criterios la línea clara y concisa que los separa. En este sentido, el juicio humano es rompedor y desgarrador de la realidad; por ello suele estar formulado en tercera persona: son otros los que están expuestos al error, al pecado o al delito; contra ellos hay que advertir y legislar. Por el contrario, el juicio divino es RELACIONAL, está dirigido a un “tú”, en segunda persona, y por ello no divide, sino que ofrece e invita; no rompe pactos, sino que ofrece una posibilidad de unión permanente que se abre siempre con la llave de la conversión, poniéndose bajo el poder divino sin usurparlo ni acapararlo, ni tan siquiera en nombre del mismo Dios, porque a fin de cuentas no somos más que sus criaturas, no sus abogados ni gestores.
Según lo dicho podemos entender mejor la actitud de los fariseos en tiempos de Jesús. Ellos se creían los guardianes de las tradiciones.
Su intención es pura y loable; por ello mismo se exponen a la más fina y trágica de las tentaciones: terminar usurpando el juicio divino creyéndose los únicos mediadores capaces de interpretar sus designios, dividiendo la humanidad entre buenos (ellos y los que son como ellos) y malos (siempre los otros). Así pierden la capacidad de relación fraterna, quemando todos los puentes que puedan tenderse con los que no son considerados “puros”.
Todos los fanatismos comienzan con un ideal noble que deviene en una obsesión tal, que acaba por anegar lo que pretende defender. ¡Dios nos guarde de los que se erigen en nuestros guardianes, porque con su celo excesivo se acaban convirtiendo en nuestros jueces y carceleros! Da igual que sean fariseos, talibanes o líderes políticos, religiosos o espirituales. Su ceguera sólo les deja ver lo externo, pero nunca pueden ver el corazón, ni el de los demás ni el suyo propio. Por ello Jesús trata de despertarles con las palabras de sus propios profetas, porque este problema viene de lejos… y me temo que llegará también muy lejos. Es un drama tener el corazón lejos de Dios y el cuerpo muy cerca de las prácticas religiosas. Evitemos ese drama huyendo de todo fariseísmo y mirando nuestro corazón. Una forma de hacerlo es mirar nuestras obras, pensamientos, palabras y omisiones, porque todo ello no deja de ser un retrato de lo que anida en nuestro interior. Con todo, si descubrimos con horror el fariseísmo que nos inunda, no nos juzguemos como ellos harían, porque nuestro papel no es juzgar, sino ponernos en relación. Que esa relación con Jesús nos purifique para honrar a Dios en la vida y no únicamente con la boca.
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