Hay momentos en la vida en los que no nos queda más remedio que afrontar una disyuntiva eligiendo un camino y renunciando ineludiblemente a otros. Estas encrucijadas no son muchas, pero sí son determinantes para la consecución de una vida plena y armónica. Conviene, por ello, no tomarse a la ligera estos momentos, darse tiempo y meditar con profundidad y sinceridad el camino a elegir.
El pueblo de Israel tuvo uno de estos momentos cuando Josué, el sucesor de Moisés, le pide que decida a quien quería servir. Es una elección muy concreta. No se trata de elegir algo que comprar, ni tan siquiera una profesión o la pareja para casarse.
Se trata de una especie de “decisión cimiento” sobre la que asentar nuestras decisiones concretas posteriores. ¿A quién queremos servir: al verdadero Dios o a los dioses que nos seducen?
Ante esta disyuntiva el pueblo echa mano de su historia, de su experiencia y de sus vivencias. Sabemos que el pueblo de Israel (que hoy podríamos representar también con la Iglesia) ha sido un pueblo infiel y pecador a lo largo de su historia. Por decirlo de otra manera: en las encrucijadas concretas que la vida nos plantea, los creyentes hemos elegido el camino equivocado. Sin embargo, ha sido esta disyuntiva nuclear (la de elegir a Dios) la que nos ha permitido desandar el camino andado y volver a la senda correcta.
De la misma forma, el creyente que opta en su fuero interno por servir a Dios y solamente a Dios, podrá equivocarse, pecar o contradecir sus promesas, pero si en su fuero interno ha hecho la opción fundamental de servir a Dios, siempre tendrá la posibilidad de volver como un hijo pródigo, desandando el camino andado y recuperando el sentido que le haga verdaderamente libre.
La decisión fundamental de hacia quien y hacia dónde se orienta la vida es una decisión que se hace más con el corazón que con la cabeza. Con el salmo de esta semana respondemos de la misma manera que el domingo pasado: “gustad y ved qué bueno es el Señor”. Es decir, se trata de “gustar” y de “ver”, que son verbos que aluden a los sentidos, no al intelecto. Aquí está la clave para decidir el sentido fundamental de nuestra existencia: elegir con el corazón; dejar que sea el alma más que la lógica de la razón la que nos lleve al camino correcto, como hace Pedro y los discípulos en el evangelio.
Hay muchos momentos en la vida en los que no entendemos nada. El mensaje de Jesús (y no digamos nada el lenguaje y el mensaje religioso) muchas veces nos resultan incomprensibles… no acertamos a unir los cabos y nuestra fe llega a parecernos incluso una locura. Aquellos que se rigen por la lógica de este mundo abandonan la fe porque no aprenden (nadie les ha enseñado) a poner el corazón en lo que hacen.
Las mayores decisiones de la vida se hacen con “las tripas”, no con la cabeza.
Hoy se le puede llamar “inteligencia emocional” o “intuición”, pero en el fondo se trata de dejar que sea nuestra alma la que ilumine y oriente a nuestra razón, y no al revés; porque como dijo Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”, sin que esto suponga, obviamente, rechazo alguno a la razón, pues también ésta nos ha sido donada por Dios.
Muchas veces, ante los escándalos propios y los de nuestros hermanos, ante la historia cargada de vergüenzas y sombras, ante los pecados, traiciones y desilusiones en el seno de la Iglesia, nos asalta la duda y nos envuelve la tentación de abandonar. Es posible que nos engañemos pensando que podemos creer en Dios por cuenta propia, cuando en realidad lo que queremos no es servir a Dios, sino servirnos de Él, descartando todo aquello que incomoda a nuestro ego. Esta es la religión individualista y auto-referencial de la cultura dominante de nuestra época, donde el lugar de Dios lo ocupa el ego. Incluso, bajo la apariencia de servicio (hoy le llaman mejor «voluntariado») se suele esconder el utilitarismo de los pobres para llenar nuestras mediocres vidas vacías de sentido. Hemos de llevar cuidado para no engañarnos a nosotros mismos y aprender de Pedro: responder con el corazón y dejar que nuestras emociones nos mantengan en el camino “a pesar de los pesares”.
Sólo desde esta perspectiva podremos encontrar la dicha en nuestras vocaciones particulares. San Pablo se refiere a ello usando las categorías culturales de su época para aplicar la decisión fundamental de la fe a las decisiones cotidianas de la vida, en este caso la vida matrimonial. Conviene no leer este texto fuera del marco cultural de la época en que fue escrito para no malinterpretar la palabra de Dios.
Pablo pide a las mujeres “sumisión” al marido. Esta palabra, fuera del contexto cultural en que fue escrita nos resulta ciertamente inaceptable. Pero leerla literalmente es traicionar la palabra de Dios, porque en ningún caso se pretende establecer entre la mujer y el marido una relación de esclavitud degradante o denigrante de la dignidad de la mujer. Es cierto que Pablo le pide a la mujer de su época que se someta al marido; pero hasta ahí no había nada nuevo porque en aquel tiempo una mujer no dejaba de ser una posesión, bien del padre, del marido o de los hermanos, sin derecho ni dignidad. El avance de Pablo está en relacionar este sometimiento con la relación que el creyente ha de tener con Dios, a ejemplo de la que el Hijo tiene con el Padre. Se trata de un sometimiento realizado no desde la obligación o la resignación (únicas opciones en aquella cultura), sino desde la voluntad propia. Es decir, Pablo trata de llenar de sentido la durísima vida de las esposas de su época, no justificando la injusticia de ser consideradas meras posesiones, sino dándole un sentido nuevo y liberador.
A muchos de nosotros, incluso esta interpretación nos podría parecer insuficiente si no fuera por lo que Pablo pide a continuación a los maridos. Es aquí donde está lo revolucionario del mensaje de Pablo y desde dónde hay que interpretar todo el texto.
Pablo pide a los maridos que “amen” a sus esposas. Hoy nos resulta rechazable un matrimonio sin amor, pero hemos de recordar que a lo largo de la historia y en no pocas culturas actuales, el amor ha sido siempre un sentimiento tangencial al matrimonio.
Amar es otro verbo que se refiere al afecto y a los sentimientos más que a la razón. Pablo trata de convencer a los maridos creyentes para que eduquen su mente de tal modo que la sometan a la luz de sus emociones, en cuyo centro ha de ir el amor.
Introduce así la institución del matrimonio dentro de la relación de Dios con su pueblo (la Iglesia). Fuera de esta relación nuestra visión del matrimonio resultaría ciertamente insufrible. No hemos de pasar de puntillas por la exigencia que Pablo hace a los hombres, fijándonos únicamente en la tal vez desafortunada palabra (sumisión) que usa para las mujeres, pues la exigencia al varón es infinitamente mucho mayor: amar a la mujer como Cristo ama a su pueblo… Cristo acompaña, escucha, enseña, ampara, protege, respeta, sana, perdona e incluso da la vida sin pedir nada a cambio… Que este ejemplo inspire a los hombres de nuestra cultura para luchar contra la plaga de la violencia doméstica y para que el matrimonio sea una de las instituciones que más haga transparente el misterio de Dios.
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