Acostumbrados como estamos a considerar que las personas inteligentes son las que siempre sacan buenas notas en los exámenes o tienen un coeficiente intelectual alto, obviamos otros tipos de inteligencia y otras formas de ser sabios. Los expertos de hoy día nos hablan de varios tipos de inteligencia; no sólo la intelectual, sino también la intuitiva o la emocional. El ser humano no es únicamente una computadora programada para hacer bien una cosa, ya sea con el cerebro o con las manos; es un inigualable conjunto armónico de experiencias y habilidades. La sabiduría consistiría en la conjunción de todas esas capacidades, puestas ahí por la naturaleza, junto con el perfeccionamiento de algunas de ellas, fruto de nuestro esfuerzo. Todos conocemos profesores inteligentísimos que no saben comunicar su saber a los alumnos, y otros profesores, tal vez menos inteligentes, dotados de un maravilloso arte para transmitir el conocimiento de forma divertida y práctica.
Cuando en el antiguo testamento se habla de “sabiduría”, se está usando un concepto cuasi animado, como si la sabiduría fuera “alguien” y no “algo”. La sabiduría bíblica se adquiere por don divino y se perfecciona mediante el esfuerzo personal. Esa sabiduría resplandece de una forma especial en Jesucristo, a quien podemos llamar “Sabiduría” de Dios. Poco nos importa el coeficiente intelectual de Jesús; su sabiduría va mucho más allá de un número frío obtenido mediante técnicas científicas. Sabemos que aprendió el oficio de artesano-carpintero, que tenía conocimientos de agricultura y pesca, pero jamás podremos saber si era capaz de escribir… poco importa, pues la sabiduría de Jesús va mucho más allá de las habilidades humanas con las que solemos calificar a las personas. Para Dios la sabiduría está al alcance de TODO el mundo, de cualquier tipo de condición, nivel intelectual, sensitivo o emocional. Todo aquél que conoce a Dios conoce la sabiduría, se rodea de ella y la irradia, convirtiéndose así en una persona sabia.
La sabiduría es como el alimento del alma. Por ello la Eucaristía está íntimamente ligada a ella. Con el pan vivo que recibimos en la Eucaristía, los cristianos nos hacemos uno con Cristo y con los hermanos. Frente a este pan de la vida hay un pan de la muerte y un vino del engaño. Los alimentos de este mundo pueden ser nocivos para el alma y por ello es importante evaluar nuestra vida, para ver de qué se alimentan nuestros sueños, ilusiones y esfuerzos. ¿Por qué y para qué lucho? ¿A dónde quiero llegar? ¿Qué tipo de persona quiero llegar a ser?
Una persona que no se haga estas preguntas estará siempre a merced del falso encanto del vino de este mundo. San Pablo nos advierte contra estas distracciones y falsos alimentos que terminan por destruirnos, porque nos anestesian haciéndonos caer en una realidad virtual, en una felicidad aparente siempre con fecha de caducidad.
Cuando despertamos de estos espejismos la tristeza se multiplica; por ello conviene optar por la verdadera sabiduría.
Una de las actitudes más prácticas para evitar caer bajo el encanto del “vino” de este mundo es la actitud de la alabanza. Quien bendice, alaba o da gracias es capaz de salir de sí mismo, de buscar lo bueno más allá del propio ombligo, de transcenderse; por ello mismo es capaz de entender el sentido que puede encerrar un pedazo de pan donado por Jesús desde el altar de la cruz y el cenáculo de la hermandad, descubriendo en estos gestos la verdadera sabiduría.
La sabiduría de Jesús no se adquiere asistiendo a un curso, conferencia o clase alguna. Para ser sabios hay que aceptar la invitación a un banquete. Curiosa forma de aprender y acercarse a la verdad en un mundo donde prima la competitividad y no la fraternidad y la cooperación. La sabiduría que nos hace libres se aprende más en la vida que en las universidades o centros de investigación. En realidad, para que las academias de la ciencia y la técnica rebosen de la verdadera sabiduría han de saber abrirse a la vida. La ciencia o la técnica que se aíslan de la vida o que la convierten en un objeto frío de observación y disección se alejan de la verdad, aunque puedan captar una parte de ella. Este acercamiento meramente científico o técnico que se aleja de la realidad experiencial, pretende cosificar la realidad, quitándole la sacralidad que en ella habita.
Cuando de la creación se amputa lo sagrado, el resultado siempre es la invención de grotescas idolatrías y el devenir de la búsqueda de la verdad en una especie de camino en círculos cerrados. Se avanza, incluso cada vez con más velocidad, pero la historia siempre termina por repetirse una y otra vez sin que logremos un verdadero progreso humano. Esta es una forma de renegar del misterio de la encarnación.
Por ello, el creyente introduce la vida en su ámbito de trabajo y quehacer cotidiano, ya sea la investigación, la docencia, la producción industrial o cualquier otro arte y trabajo generador de cultura. Cristo es el pan de la vida. Asumamos esa vida en nuestra rutina diaria y descubriremos admirados y agradecidos que todo es Eucaristía para el que cree y que toda persona puede llegar a ser sabia si aprende a mirarlo todo con amor.
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