Como si volviéramos a dar una vuelta de tuerca más al bautismo del Señor, este domingo regresamos al río Jordán y contemplamos de nuevo a este profeta tan singular, cuya misión fue preparar el camino del Señor: Juan el bautista. Si echamos una mirada a los demás evangelios, nos daremos cuenta de que tanto en Marcos como en Lucas Juan permanece mudo, limitándose a bautizar a Jesús. En Mateo, sin embargo, se produce un breve diálogo en el que Jesús convence a Juan de que es necesario ser bautizado. Pero en el evangelio de Juan que proclamamos esta semana, es sólo Juan el que habla; y su palabra es importante y desconcertante, porque se limita a señalar al siervo de Yahvé, al cordero de Dios que quita el pecado del mundo sobre el que se derrama el Espíritu.
Lo primero que tenemos que afirmar es la historicidad del bautismo del Señor en el Jordán. Que los cuatro evangelios den fe de ello es suficiente garantía como para pensar que no se trata de una redacción simbólica. Otra cosa es la forma de contarlo y el objetivo que cada evangelista tiene con ello. Para Juan, el objetivo es ahondar en la persona del Señor, verdadero protagonista de la salvación, dejando claro que el rol de Juan el bautista es preparatorio e iniciador, pero no protagonista. De esta manera, san Juan evangelista trata de asentar las bases de la identidad de Jesús de Nazaret, poniendo en labios de Juan el bautista algunos términos muy importantes.
Es posible que los discípulos de Juan se sorprendieran de que su maestro derivara la atención hacia un desconocido, más joven que él (puede ser que incluso discípulo suyo), afirmando verdaderas declaraciones cristológicas. Así, Juan llama a Jesús el “cordero de Dios” que “quita el pecado del mundo”. También habla de que ha visto el Espíritu descender sobre él, dando testimonio de que su existencia es anterior a la de él mismo. Estas afirmaciones reafirman la fe en el mesianismo de Jesús. Para ello es necesario entender la mentalidad de los judíos en el siglo I.
En primer lugar, la referencia al “cordero que quita el pecado del mundo” no parece remitir al macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba el día del Jon kipur y que servía de desagravio y perdón de los pecados. No tiene relación porque uno es un macho cabrío que sólo se sacrifica por el pueblo de Israel y el otro un cordero manso que sirve para el perdón del pecado del mundo entero. Más bien parece tener relación con la referencia a la mansedumbre del siervo de Yahvé profetizada por Isaías.
En segundo lugar, los judíos de aquella época creían que hacía siglos que el Espíritu no se había derramado sobre nadie. Era como si el pueblo de Dios sufriera una especie de “sequía espiritual” centenaria que de repente se ve acabada por la profecía del bautista. Él da testimonio de haber visto el Espíritu de Dios bajar en forma de paloma sobre Jesús, dando a entender que se trata de un personaje excepcional. Abre así la puerta al mesianismo de Jesús, que era lo mismo que declararlo “rey de Israel”. La dificultad estaba en reconocer a tal Mesías y Rey en la figura de un carpintero de Galilea. Es ahí donde se pide un salto de fe, facilitado por el testimonio de Juan.
En tercer lugar, la preexistencia de Jesús da pie a pensar de que se trata de una persona celestial que supera en todos los niveles la humanidad de Juan. Aquí, el evangelista hace un guiño al prólogo de su evangelio y de esta manera nos sumerge en una cristología profunda, según la cual Jesús es el Mesías, el Señor, Dios mismo encarnado que viene a redimirnos.
Todo ello nos invita a reflexionar sobre la figura de Jesús de Nazaret en nuestras vidas. ¿Qué supone? ¿En qué medida hemos visto su gloria en la humildad de su vida? ¿En qué medida asumimos su mansedumbre y vivimos la alegría de alguien que viene a quitar no sólo nuestro pecado personal, sino el pecado de todo el mundo? Que estas lecturas nos ayuden a profundizar en nuestro encuentro y relación con Jesucristo para que al igual que Juan bautista, demos testimonio de él en el mundo.
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