¿Quién no se ha sentido alguna vez como el profeta Elías en el pasaje que hoy nos ofrece la primera lectura? Derrotado, exhausto, hundido hasta desear la muerte… Pero tras el fracaso y el camino de huida que el ser humano suele emprender, Dios puede ayudarnos a forjar un nuevo camino de búsqueda. Esa es la esperanza de la humanidad: nadie que huye queda abandonado por Dios. En el fondo, toda huida no deja de ser una búsqueda inconsciente del “Horeb”, es decir, del monte en donde se produce la experiencia fundante de la fe. A veces, huir es la forma más tosca de buscar una salida. Huir no es de cobardes; la verdadera cobardía está en bajar los brazos, no levantarse tras cada caída, renunciando a toda posibilidad de que la vida nos sorprenda en cualquier esquina. Cuando todo se nos viene encima huimos como Elías, buscando, tal vez sin ser conscientes, la raíz de nuestra vida, esa experiencia que nos funda y da sentido. Puede ser el hogar materno, nuestro pueblo natal, un familiar, un amigo, una iglesia o cualquier ámbito pasado donde nuestros sueños comenzaron a hacerse realidad. Buscamos todos esos ámbitos más como refugio que como solución, aunque lo interesante de esa búsqueda es el hecho de ponerse en camino. Esta dinámica activa es la que finalmente nos dispone a encontrarnos con el Espíritu de Dios que nos nutre y reorienta en la dirección correcta.
El fracaso no es más que un espejo que nos muestra lo que somos realmente. Cuando somos jóvenes solemos pensar que seremos mejores que las generaciones que nos precedieron. El tiempo se encarga de hacernos descubrir la prepotencia y el orgullo que nos llevó a pretender vivir sin atender a nuestras fuerzas y límites. Ante esta realidad aplastante nos damos cuenta con amargura que tarde o temprano no hacemos más que repetir los mismos errores que nuestros antepasados.
“No valgo más que mis padres”, dirá Elías. De repente descubrimos que el camino nos supera, que nuestra vocación y sueños originales se ahogan en el cansancio, la rutina o el sinsentido.
La experiencia de desearse la muerte bajo una retama no es una especie de “eutanasia pasiva”, sino una profunda experiencia espiritual; se trata de una crisis que encierra también una nueva oportunidad, porque, aunque renunciemos a toda esperanza, Dios sigue confiando en nosotros. En eso consiste la verdadera fe; no en creer, sino en caer en la cuenta de que somos creídos. Dios no engaña a Elías como no nos engaña a nosotros. El camino, ciertamente, nos supera y por ello hemos de contar con una ayuda que va más allá de lo terrenal: la ayuda de la fe y de un alimento eterno que sólo podemos recibir de Dios.
¿Cuántos ángeles nos han despertado de nuestros sueños frustrados a lo largo de nuestra vida? ¿Cuántas personas se convierten en esos ángeles que a nuestro lado tiran de nosotros en los momentos más duros y nos hacen seguir caminando?
Con las brasas de lo que fue nuestra ardiente hoguera, Dios nos prepara un pan nuevo. Esas brasas tal vez sean los rescoldos de nuestra vocación o de los juveniles ideales románticos. Así, de la misma forma que Moisés dio a su pueblo el Maná en el desierto e hizo brotar agua de una roca, Elías también experimenta un “milagro” parecido: come el pan de Dios y bebe el agua que le han preparado en una jarra de barro. Dos veces es invitado a ponerse en pie; ahí está el reto, porque como hemos dicho, huir es una manera de buscar, aunque no sea la forma correcta. El verdadero error está en detenerse y renunciar a levantarse. Por eso Dios insiste en que Elías deje esa actitud pasiva, coma, beba y siga caminando, aunque todavía quede un largo trecho.
Es preciso recordar que sentir ganas de renunciar, más que un problema moral es una tentación de índole espiritual. Incluso para el que detiene su camino, la salvación le sigue esperando. Esta es la experiencia de Elías, que opta por refugiarse bajo la retama, a la sombra de sus dudas y miedos, deseándose la muerte. También en este aparente fracaso hay un camino de salida. No hay experiencia humana, por dramática que sea, que esté exenta de una llamada a la vida. Dios nos llama incluso en el momento de la muerte; el pecado, por tanto, no está en caer, sino en no querer levantarse las veces que haga falta.
Ahora bien, con levantarse no todo queda solucionado. Entre Elías y el Horeb hay un abismo de 40 días. Este número expresa al mismo tiempo la dura experiencia de la liberación y la esperanza por la que caminar hasta el horizonte. Es Dios quien tira de nosotros, quien nos atrae como nos enseña Jesús en el evangelio. El alimento para el camino no es humano, sino divino. En realidad, Cristo es ese alimento; la “atracción” de Dios, la fuerza que nos nutre para poder caminar. No se trata de algo simbólico; Cristo existe realmente, forma parte de nuestra historia, tiene una raza, habla una lengua y su carne es materia traspasada por la eternidad de Dios. Cristo es el pan de Dios, el pan vivo bajado del cielo. Cristo es también el agua de la vida que necesitamos para peregrinar por los caminos de este mundo. Con ese alimento estamos invitados a superar la tentación de quedarnos paralizados, renunciando a nuestros sueños dinamizados por una utopía divina. No lo hizo Abraham, Moisés o Elías; no lo hicieron los profetas, los mártires ni los santos, como tampoco lo debemos hacer nosotros.
Hemos de sumarnos así a esa multitud incontable que, superando toda dificultad, se levanta tras el fracaso y huye de las falsas protecciones de este mundo (la sombra de la retama, un árbol pequeño) optando por la sequedad de los 40 días (o años) de desierto en busca del Horeb, el monte de Dios, el lugar del encuentro definitivo.
A veces hay que comer sin ganas; no dejar que el apetito nos dicte los tiempos ni que los sentimientos nos tiranicen con sus caprichos.
Comer sin gana o dejar de hacerlo con ella es una manera de demostrar a Dios (y a nosotros mismos) que nuestra vida únicamente está pendiente de él. A veces hay que perdonar también sin ganas, incluso sin verle el sentido a ese gesto de generosidad, porque nuestros prójimos seguramente no se lo merecen, como nosotros no nos merecemos tampoco la confianza que Dios nos tiene. Todos estamos llamados a recorrer este camino de “locura”, a vivir este perdón regalado a espuertas y asentado sobre el sacrificio de la propia vida, la abnegación y la confianza ciega en la justicia y en el amor, aunque nos cueste la persecución o la indiferencia de los demás.
No pongamos triste al Espíritu y optemos por el camino del desierto, superando toda tentación de renuncia. Sigamos creyendo con la fe que Dios tiene depositada en nosotros; sólo entonces, ante las decepciones personales y eclesiales, junto con las lágrimas de los fracasos, se abrirá paso un arco iris de esperanza, una confianza firme y tenaz en la humanidad, en nuestra comunidad y aún en nosotros mismos.
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