Homilías

Domingo 18° tiempo ordinario (Ciclo B)

Homilía del Domingo 18° tiempo ordinario (Ciclo B)

Evangelio: Juan 6,24-35

La palabra “libertad” es una de las más hermosas que existen. Pero para que la libertad sea algo más que una hermosa palabra hay que añadir a ella la experiencia del sacrificio; la libertad sólo es posible sacrificando nuestra “seguridad” e incrementando la “confianza”. Dicho así, queda bonito; el problema viene cuando tenemos que concretar. Un paradigma de esta experiencia es la del pueblo de Dios en el desierto.

El desierto físico es un símbolo de otro desierto más profundo: el vacío interior, la inseguridad y la zozobra que queda cuando tratamos de sacudirnos el yugo que nos ha mantenido adormecidos, atontados o simplemente alienados a algo o a alguien. La esclavitud es todo aquello que no nos deja crecer como personas, que lastra nuestra madurez hasta sumergirnos en una vida infantil y caprichosa; una vida sometida a la tiranía de los instintos más primarios. El esclavo se cree libre porque todos los días come su ración de carne en la misma olla y tiene asegurado el pan de mañana a cambio de vender sus sueños más sagrados.

Liberarse supone dejar la seguridad de un pan que se enmohece y una carne que se pudre, por la aventura del desierto en cuanto camino de libertad. En el desierto siempre se escuchan los gritos del hombre esclavo que se resiste a morir; ese hombre “viejo” no deja de repetirnos que cualquier tiempo pasado fue mejor; intentará hacernos creer que estamos locos y que es preferible la comodidad de lo ya conocido a la temeridad de lo que está por venir. En esos momentos de dudas hay que aprender a descubrir nuevos signos; hay que mirar bien, porque no se trata de quitarnos el vestido viejo de esclavo para quedarnos desnudos, sino de revestirnos con un traje nuevo que hay que ir confeccionando poco a poco.

Si aguantamos el diluvio de auto reproches, subiendo al arca sagrada de la fe, y huimos del vomitivo miedo a los viejos fantasmas que nos persiguen, aprenderemos a mirarlo todo con ojos nuevos y descubriremos un sin fin de señales; y entre esas señales, el pan “de cada día”; un pan para no ser acumulado ni guardado para mañana, sino comido y compartido hoy, porque el pan que se guarda siempre se pone duro y se enmohece. Aquello que pensamos que nos da seguridad termina por lastrar nuestro camino, aburguesarnos y endurecer nuestro corazón, como se endurece el pan guardado o se pudre la carne almacenada.

La respuesta a nuestras dudas está en la búsqueda. Por eso Dios se nos esconde y Jesús siempre parece escaparse de los que le siguen. Dios nunca nos deja tranquilos. Una de las actitudes más contraria al evangelio es la búsqueda de la tranquilidad. ¿Quién no ha escuchado aquello de “a mí que me dejen tranquilo”?

Sin darnos cuenta, esta actitud siembra en nosotros la semilla del conformismo y con él, la simiente de la desesperanza, el derrotismo y lo que es peor, la autojustificación que deviene en hipocresía. Una persona que detiene su camino se hace más vulnerable sin saberlo. Dentro de lo que creemos seguridad se esconde la mayor de las amenazas, porque el mal siempre ataca desde dentro. Cuando el corazón deja de creer y caminar queda a expensas de los instintos más primarios, pierde su autonomía e incluso su sentido de la realidad. La verdadera tentación siempre suele aparecer en el alivio del descanso y en el silencio de la oración. El diablo puede ser malo, pero desde luego no es tonto.

Jesús nos pide en el evangelio dos cosas que van unidas: que vayamos a él y que creamos en él. Caminar exige fe y la fe se expresa en el camino, no en la inmovilidad. El camino confirma la fe con el pan de cada día, no con el pan endurecido de nuestras verdades humanas que, como todo lo humano, se corrompe y desaparece. Por eso san Pablo nos dice que la verdad está en Cristo, enseñándonos así el verdadero camino de liberación; un camino al interior, a Cristo; un Cristo que parece huir, jugar al escondite, pero que en realidad se aleja para sembrar en nosotros la inquietud, dejándonos siempre intranquilos, activando de esta manera un dinamismo que nos haga crecer y madurar. Creamos como hombres nuevos que somos y salgamos sin miedo de nuestras esclavitudes.

Sacrifiquemos nuestras seguridades aún a riesgo de que nos llamen locos, porque en el camino está el pan de cada día, un pan del cielo que sabe a gloria y libertad.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del libro del Éxodo (16,2-4.12-15)

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra

Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: «¡Ojalá hubiéramos muerto a

manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de

carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto

para matar de hambre a toda esta comunidad.» El Señor dijo a Moisés: «Yo

haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada

día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las

murmuraciones de los israelitas. Diles: «Hacía el crepúsculo comeréis

carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el

Señor, vuestro Dios.»» Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo

el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor de

campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la

superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los

israelitas dijeron: «¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les

dijo: «Es el pan que el Señor os da de comer.»

Salmo responsorial: 77

El Señor les dio pan del cielo.

Lo que oímos y aprendimos,

lo que nuestros padres nos contaron,

lo contaremos a la futura generación:

las alabanzas del Señor, su poder. R.

Dio orden a las altas nubes,

abrió las compuertas del cielo:

hizo llover sobre ellos maná,

les dio un trigo celeste. R.

Y el hombre comió pan de ángeles,

les mandó provisiones hasta la hartura.

Los hizo entrar por las santas fronteras,

hasta el monte que su diestra había adquirido. R.

Lectura de la carta a los Efesios (4, 17.20-24)

Hermanos: Esto es los que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya

como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en

cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien

habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo

Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo

corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el

espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de

Dios: justicia y santidad verdaderas.

Evangelio según san Juan 6,24-35

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos

estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al

encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo

has venido aquí?» Jesús contesto: «Os lo aseguro, me buscáis, no porque

habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad,

no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la

vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el

Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para

trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: «La obra que Dios

quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: «¿Y qué

signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?

Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les

dio a comer pan del cielo.»» Jesús les replicó: «Os aseguro que no fue

Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el

verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da

vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan.»

Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará

hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

Acción de gracias

En la otra orilla,

siempre en la otra orilla;

asido al horizonte,

más allá de mis pasos indecisos,

de este incrédulo miedo,

de esta zozobra tejida en dudas

y disfrazada de fútil inquietud.

Quien quiera encontrar

ha de buscar;

quien quiera buscar

ha de saberse primero hallado;

el hambre sólo se sacia en la búsqueda sincera;

porque la carne que hoy me alimenta

mañana estará podrida;

enmohecido mi pan

y corrompida el agua de mi cántaro;

todo campo cosechado se queda yermo;

el árbol que hoy me cobija, mañana estará desnudo.

Creer es vivir de un mañana amasado paso a paso,

saciándose de la esperanza que alimenta el alma

sin acaparar ni guardarse nada;

el pan del cielo es siempre pan de cada día;

un pan sin dueño que se endurece

si no es comido al amanecer

y se enmohece cuando se guarda para uno mismo.

No hay tierra capaz de ser su trigal

ni molino que pueda forjar su harina;

pan del cielo, pan de justicia y santidad;

pan que hay que buscar en la otra orilla,

siempre en la otra orilla,

más allá de uno mismo,

más adentro que nuestros adentros.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57