La palabra “libertad” es una de las más hermosas que existen. Pero para que la libertad sea algo más que una hermosa palabra hay que añadir a ella la experiencia del sacrificio; la libertad sólo es posible sacrificando nuestra “seguridad” e incrementando la “confianza”. Dicho así, queda bonito; el problema viene cuando tenemos que concretar. Un paradigma de esta experiencia es la del pueblo de Dios en el desierto.
El desierto físico es un símbolo de otro desierto más profundo: el vacío interior, la inseguridad y la zozobra que queda cuando tratamos de sacudirnos el yugo que nos ha mantenido adormecidos, atontados o simplemente alienados a algo o a alguien. La esclavitud es todo aquello que no nos deja crecer como personas, que lastra nuestra madurez hasta sumergirnos en una vida infantil y caprichosa; una vida sometida a la tiranía de los instintos más primarios. El esclavo se cree libre porque todos los días come su ración de carne en la misma olla y tiene asegurado el pan de mañana a cambio de vender sus sueños más sagrados.
Liberarse supone dejar la seguridad de un pan que se enmohece y una carne que se pudre, por la aventura del desierto en cuanto camino de libertad. En el desierto siempre se escuchan los gritos del hombre esclavo que se resiste a morir; ese hombre “viejo” no deja de repetirnos que cualquier tiempo pasado fue mejor; intentará hacernos creer que estamos locos y que es preferible la comodidad de lo ya conocido a la temeridad de lo que está por venir. En esos momentos de dudas hay que aprender a descubrir nuevos signos; hay que mirar bien, porque no se trata de quitarnos el vestido viejo de esclavo para quedarnos desnudos, sino de revestirnos con un traje nuevo que hay que ir confeccionando poco a poco.
Si aguantamos el diluvio de auto reproches, subiendo al arca sagrada de la fe, y huimos del vomitivo miedo a los viejos fantasmas que nos persiguen, aprenderemos a mirarlo todo con ojos nuevos y descubriremos un sin fin de señales; y entre esas señales, el pan “de cada día”; un pan para no ser acumulado ni guardado para mañana, sino comido y compartido hoy, porque el pan que se guarda siempre se pone duro y se enmohece. Aquello que pensamos que nos da seguridad termina por lastrar nuestro camino, aburguesarnos y endurecer nuestro corazón, como se endurece el pan guardado o se pudre la carne almacenada.
La respuesta a nuestras dudas está en la búsqueda. Por eso Dios se nos esconde y Jesús siempre parece escaparse de los que le siguen. Dios nunca nos deja tranquilos. Una de las actitudes más contraria al evangelio es la búsqueda de la tranquilidad. ¿Quién no ha escuchado aquello de “a mí que me dejen tranquilo”?
Sin darnos cuenta, esta actitud siembra en nosotros la semilla del conformismo y con él, la simiente de la desesperanza, el derrotismo y lo que es peor, la autojustificación que deviene en hipocresía. Una persona que detiene su camino se hace más vulnerable sin saberlo. Dentro de lo que creemos seguridad se esconde la mayor de las amenazas, porque el mal siempre ataca desde dentro. Cuando el corazón deja de creer y caminar queda a expensas de los instintos más primarios, pierde su autonomía e incluso su sentido de la realidad. La verdadera tentación siempre suele aparecer en el alivio del descanso y en el silencio de la oración. El diablo puede ser malo, pero desde luego no es tonto.
Jesús nos pide en el evangelio dos cosas que van unidas: que vayamos a él y que creamos en él. Caminar exige fe y la fe se expresa en el camino, no en la inmovilidad. El camino confirma la fe con el pan de cada día, no con el pan endurecido de nuestras verdades humanas que, como todo lo humano, se corrompe y desaparece. Por eso san Pablo nos dice que la verdad está en Cristo, enseñándonos así el verdadero camino de liberación; un camino al interior, a Cristo; un Cristo que parece huir, jugar al escondite, pero que en realidad se aleja para sembrar en nosotros la inquietud, dejándonos siempre intranquilos, activando de esta manera un dinamismo que nos haga crecer y madurar. Creamos como hombres nuevos que somos y salgamos sin miedo de nuestras esclavitudes.
Sacrifiquemos nuestras seguridades aún a riesgo de que nos llamen locos, porque en el camino está el pan de cada día, un pan del cielo que sabe a gloria y libertad.
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