Estando de práctica pastoral en una parroquia que no viene al caso, recuerdo que el sacerdote que ejercía de “formador” durante ese periodo se negó a recibir a un parroquiano que tocando el timbre con insistencia pretendía hablar con él. Aquel párroco, con voz airada le dijo por el interfono: “venga usted en hora de despacho parroquial. El horario está escrito en la puerta”. No era un mal cura. De hecho, lo considero uno de los mejores “maestros” que he tenido, aunque sin duda aquel día no reaccionó de la misma manera que Jesús nos enseña en el Evangelio de este domingo.
A veces nuestra mirada es una mirada apresurada, carente de hondura y de misericordia. El cansancio nos puede; la insistente terquedad de las personas a las que somos enviados nos harta hasta el extremo de no tener más remedio que protegernos con normas y reglas para tratar de educar a un pueblo que no tiene horas ni tacto para buscarnos, sin tener en cuenta que nosotros somos también personas que necesitamos descansar.
Aquel episodio afianzó en mí la convicción de que un párroco, al igual que un padre o una madre, no tiene horas laborables, sino que toda su vida es un estar disponible, sea cual sea el momento y las circunstancias. Ni qué decir tiene que en muchísimos casos no he cumplido con aquel compromiso y que mi vida como sacerdote ha dejado mucho que desear en no pocas ocasiones.
El problema es que es fácil autoconvencerse: no somos ángeles, necesitamos descanso; no podemos basar toda nuestra entrega en una especie de esfuerzo pelagiano por estar siempre disponibles, a la hora y en las circunstancias que sean. Eso es cierto; pero también lo es que en muchas ocasiones el muro que construimos entre las personas que están “como ovejas sin pastor” y nosotros, responde más a nuestra comodidad que a la aceptación de una realidad que suele ser cruel y casi siempre caótica. Decimos que buscamos la paz, pero en la mayoría de los casos lo que queremos es que “nos dejen tranquilos”. Y existe una gran diferencia entre la tranquilidad y la paz. La primera es un estado personal referido a uno mismo; la segunda es siempre una situación inter personal que no sólo me afecta a mí, sino también a los demás. A veces la paz provoca tranquilidad, pero otras veces es un aguijón contra la comodidad.
Jesús no rechaza el descanso; de hecho, lo busca tras la experiencia misionera. Él sabe de sobra que no somos ángeles; por eso no pide a sus discípulos que atiendan a aquellas gentes que le esperaban en la orilla, sino que es él mismo quien se pone a enseñarles.
Lo que mueve a Jesús a buscar el descanso es algo muy humano; pero lo que le lleva a cambiar sus planes es una mirada más profunda, penetrante y compasiva que atraviesa lo humano dinamizándolo para ponerlo al servicio de los demás, no de uno mismo. La paradoja es que, aunque esta reacción canse el cuerpo, cuando se hace de forma integrada, descansa el alma.
Cuando nos centramos y atendemos únicamente a nuestra propia realidad, los gritos de los que nos buscan nos resultarán siempre inoportunos, maleducados e incluso agresivos. Pero si cambiamos la dirección de esa mirada saliendo de nuestra auto referencialidad y volvemos la vista al prójimo con misericordia, descubriremos que es Dios el que nos llama desde una multitud de personas perdidas que claman ayuda a través de un sin fin de peticiones aparentemente insignificantes. Así, la solicitud de un impreso, del horario de la misa, de una bendición o de un sacramento, se puede transformar en una ocasión para el encuentro y la enseñanza serena.
Jesús es maestro en mirar la realidad dejando que ésta pase de ser una petición inoportuna a una ocasión para el encuentro. Esta es la pedagogía de Dios que Jesús nos enseña. El Evangelio de Marcos dice que Jesús “se puso a enseñarles” y que lo hizo “con calma”. No sólo responde de forma práctica y funcional a una solicitud para despachar al pueblo lo antes posible y retirarse a descansar, sino que abre una oportunidad para que la profundidad con la que Dios mira se torne también en profundidad de corazón para todos aquellos que le escuchen. Es un verdadero arte para el que solo es posible prepararse desde la contemplación. Este tipo de pedagogía no se puede improvisar. Es imposible responder así desde una actitud funcionarial, sin negar el valor que ésta tiene, pero reconociendo también sus límites. La Iglesia no debería ser simplemente un espacio de relaciones funcionales, sino una familia en la que nadie se sienta extraño y mucho menos ignorado.
Por desgracia, el mundo de hoy sigue provocando multitudes de ovejas sin pastor. Como ya denunciaba Jeremías, los “pastores” dispersan al pueblo en vez de congregarlo. Esto se ha agudizado si cabe más con el arma de doble filo de las redes sociales. Los “pastores” de hoy en día se llaman “influencers”, dirigentes o líderes que, en lugar de ayudar al pueblo, lo utilizan para sus propios fines. El resultado es la indefensión, la injusticia y la terrible sensación de soledad cuando tarde o temprano (aunque sea por puro agotamiento) hay que apagar la pantalla y el personaje que con tanta energía nos ha enseñado no se encuentra físicamente a nuestro lado.
Ya desde el Antiguo Testamento los verdaderos profetas tenían claro que sólo el profetismo de Dios puede salvar. Cuando los profesionales de las redes, de la política, la religión o cualquier otro ámbito, se adueñan del profetismo de Dios, el resultado es la dispersión, la desunión y la injusticia. Hoy, la Iglesia tiene el reto de convertirse en madre de toda esa humanidad que vagan como ovejas sin pastor. Como madre no ha de tener horas, aunque sea necesario un horario; sus entrañas son misericordiosas pues, aunque tenga unos criterios definidos y unos valores irrenunciables, no puede rechazar a sus hijos cuando enferman o cometen un error. Si ni la enfermedad, la muerte o el pecado tienen horarios, ¿Por qué tratar de ponerlos a la vida en la infinita riqueza de sus circunstancias? Sería como tratar de poner puertas al campo. Abramos nuestra vida como la abrió Jesús de Nazaret a toda esa multitud de personas que andan por la vida desorientados; derribemos muros y abramos puertas para que nuestros prójimos puedan encontrar descanso. Sólo así, nuestro cansancio encontrará sentido.
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