Cuando era un adolescente, escuché de boca de un sacerdote una expresión que se me quedó grabada. Ese sacerdote había sido requerido para que celebrara una misa privada, tras la cual se habría una fiesta a la que estaba invitado. Visiblemente airado el sacerdote respondió: “yo no soy un cura de misa y olla”. En aquel momento no entendí exactamente a qué se refería, aunque con el tiempo creo haber descubierto lo que quería decir.
Existe una forma de vivir la fe: encorsetada, plegada a los esquemas, proyectos e inercias que terminan convirtiendo la experiencia sagrada original en una adormecida y adormecedora rutina. Ciertamente, sin religión es imposible vivir la fe. Como las ideas necesitan de palabras (vocalizadas o escritas) para poder encarnarse en la vida, la fe necesita esquemas, normas, ritos y demás estructuras que configuren la experiencia creyente. A esto es a lo que llamamos “religión”. Ahora bien, cuando la religión, lejos de ser una plataforma para desplegar la experiencia de la fe, se convierte en un fin en sí misma y se pone al servicio de lo “políticamente correcto”, no solo deja de ser útil a la experiencia sagrada, sino que incluso la traiciona.
Esto es posiblemente lo que le ocurrió al profeta del templo de Betel, Amasías: estaba institucionalizado. Lo que había nacido como una vocación, se había convertido en una profesión. Cuando se llega a este extremo, cualquier luz que provenga de la experiencia original, resulta incómoda y desestabilizadora. Por eso Amasías insulta a Amós llamándole “vidente” y no “profeta”, arrogándose así el monopolio del profetismo (de un falso profetismo, evidentemente). Amós entra en este lenguaje para volverlo en contra de Amasías. Cuando dice que no es profeta ni hijo de profetas, sino pastor y cultivador de higos, está diciendo que él no ha convertido su vocación en una profesión, sino en algo que se ve obligado a hacer sin ningún tipo de ganancia, simplemente porque Dios lo ha llamado para que lo haga. Amós, al contrario que Amasías, no es un “cura de misa y olla”, es decir, no vive del sueldo de su religión, sino que se gana la vida por sí mismo; su mensaje está hecho desde la libertad y desde la frescura de la experiencia vocacional fundante.
¿Cuántas vocaciones puede haber en la Iglesia presas de la institución? ¿Cuántas bocas no son libres para predicar lo que arde en las entrañas por miedo a las consecuencias o simplemente por cansancio, hastío o desesperanza de que nada cambie?
Cuando el “profesional de la religión” (el friki espiritual) se acomoda a una determinada condición institucional, termina por necesitar varios bastones de mando; no se conforma con un par de sandalias y busca cobijo en todo tipo de mantos protectores que le garanticen un sueldo generoso, una afectividad narcisista, una buena asistencia sanitaria o una cómoda pensión. Esos mantos, sandalias o bastones no son más que el sucedáneo con el que cubrir una vocación herida, oxidada por la rutina y almidonada por la comodidad. ¿Cuántas de estas vocaciones puede haber hoy en la Iglesia?
Para que la llamada original de la fe, que todo seguidor de Jesús ha sentido, no se convierta en un sistema religioso acomodado y estéril, siempre hemos de beber de la fuente, volviendo una vez y otra al manantial de la primera llamada. Esta experiencia es fácil de descubrir porque es la que sigue resonando en nosotros en su versión original. Tiene algunas características especiales, según escuchamos en el Evangelio. He aquí unas cuantas:
En primer lugar, se da incluso antes de la experiencia pascual, es decir, de la experiencia plena de la resurrección. El creyente empieza a ser creyente desde el momento de la primera llamada; no es necesario que haya madurado totalmente en la fe. La vocación es, desde el principio, un envío, una salida.
En segundo lugar, es una salida en equipo, nunca individual. Aunque la llamada es personal, la misión siempre es comunitaria. Jesús no manda a personas solas, sino en equipo. ¡Cuantas vocaciones, sobre todo sacerdotales, se frustran hoy día por haber sido “educados” (mal educados habría que decir) para la soledad o el trabajo pastoral individual, cuando Jesús siempre quiso el trabajo en equipo, tal vez porque es sacramento de la Trinidad!
Por otro lado, la verdadera vocación siempre va hermanada con la austeridad y el desapego a las cosas de este mundo. No sólo es un desapego material, sino también afectivo. La persona de Dios no hace depender su vocación del éxito o del fracaso, sino que sabe que su felicidad está en el anuncio mismo, aunque a veces tenga que sacudirse el polvo de la tierra que lo rechaza. ¿Cuántos líderes eclesiales viven frustrados por sus fracasos pastorales, buscando en las compensaciones humanas un alivio para evitar la amargura de la cruz?
Como dice san Pablo, en ese magnífico himno trinitario y cristológico de la carta a los efesios, hemos sido elegidos en la persona de Cristo para ser santos e irreprochables en el amor. Sin Cristo no hay llamada, sino una especie de entretenimiento espiritualista.
Esta llamada no es una experiencia en pretérito, sino una voz permanente que nunca ha de dejar de fluir en nuestro corazón para que no se nos seque el alma y terminemos como Amasías, rechazando a los verdaderos profetas para defender nuestros privilegios, nuestra posición o nuestra comodidad, bien sea material, espiritual o ideológica.
El profeta siempre escucha lo que dice el Señor, como hemos cantado en el salmo. Y el Señor dice que la misericordia (que viene del cielo) se encuentra con la fidelidad, que debe nacer de nuestra tierra, del barro de nuestra condición humana. El profeta es el portavoz de la justicia que mira desde el cielo (justicia de Dios, no de los hombres) y de la paz que va hilvanada a ella. De esta forma, justicia y salvación siempre se dan juntas. ¿Es la Iglesia un agente de justicia y paz? ¿Encuentra la humanidad de hoy en las comunidades cristianas un hogar para estos valores irrenunciables? Evitemos caer en la vocación de Amasías para, desde la libertad, dejarnos sorprender por Dios con la humildad y disponibilidad de Amós, como discípulos del siglo XXI, llamados por Cristo para compartir su misión.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 264,0 KB