La fiesta de la dedicación de la basílica de san Juan de Letrán, en Roma, nos puede resultar una fiesta extraña, mucho más cuando cae en el día del Señor e incluso prevalece sobre la liturgia dominical. ¿Por qué celebramos esta fiesta y qué tiene que ver con nosotros?
La basílica de san Juan de Letrán, en Roma, es la catedral del obispo de Roma, o sea, del papa. Fue la primera basílica liberada públicamente por un emperador al culto cristiano en el siglo IV. La palabra basílica proviene del griego y significa “el lugar del rey”. Las basílicas eran en la época del impero romano lo que hoy serían los hall o auditorios oficiales; algo así como una especie de teatro real o auditorio oficial de un estado. Por sus dimensiones y acústica eran el lugar ideal para los actos públicos y los eventos civiles oficiales.
El avance imparable del cristianismo en los primeros siglos propició no sólo la legitimación legal del culto cristiano, sino también la provisión de todo tipo de facilidades (también de espacios arquitectónicos) para que el culto cristiano saliera de la “incomodidad” de los hogares particulares y se acomodara en espacios públicos, entre ellos las basílicas, especialmente útiles para las celebraciones masivas con presencia episcopal.
La primera basílica dedicada fue la de san Juan de Letrán, actualmente catedral de Roma (que no es san Pedro del Vaticano). Desde entonces, la Iglesia ha tenido que encontrar sentido a este signo de los tiempos, debiendo mantener al mismo tiempo el sentido de Iglesia en cuanto comunidad y en cuanto edificio, pues a ambas realidades se le llama con la misma palabra.
La palabra “Iglesia” también proviene del griego, teniendo en su origen un sentido pagano que luego sería sacralizado como tantos otros conceptos. “Iglesia” significa “asamblea en cuanto que es convocada y se reúne”. Por tanto, no estamos hablando sólo de un edificio más o menos majestuoso, como lo podía ser el templo de Jerusalén, sino sobre todo del pueblo de Dios, convocado y reunido en su nombre. De esta manera, un edificio (por muy hermoso y maravilloso que sea, no tiene ningún sentido sin una comunidad que lo habite y le dé un sentido espiritual más allá de las meras piedras. Esto no significa, como es lógico, que la Iglesia desprecie el arte arquitectónico y las demás artes que se contienen en los templos (catedrales, basílicas, iglesias, conventos, ermitas…etc), sino que valores todo ello precisamente por su sentido espiritual. Sin él, las iglesias perderían su significación teologal, quedando en manos de intenciones espurias como pueden ser los negocios. Especialmente dramático y terrible es esta degeneración cuando se hace en nombre de Dios.Como dice le profeta Ezequiel, refiriéndose al templo de su época (Ezequiel era también un sacerdote del templo de Jerusalén), del templo mana un manantial de agracia (un río) que por donde pasa hace germinar la vida. Este caudal de vida es capaz de llegar hasta el mar (símbolo del mal en la biblia), llenándolo de vida. Así, estar a la orilla del caudal que mana del templo es una forma de asegurarse la gracia, disponiendo la vida para que el fruto sea abundante. Por el contrario, alejarse del templo y del caudal de vida que de él emana, supone secarse poco a poco convirtiendo el corazón en un erial incapaz de generar alegría y esperanza.
De ello deducimos la importancia que tienen nuestros templos en cuanto manantiales de gracia. A ellos acudimos para nutrir nuestro espíritu, escuchando la Palabra de Dios y alimentándonos con el pan de la vida y la Sangre redentora que nos nutre para la peregrinación por este mundo. Quien acude a los templos sin esta visión espiritual podrá descubrir en ellos belleza y tal vez silencio, pero de la misma forma como lo haría en cualquier museo o sala de exposiciones. Las iglesias no deberían convertirse en museos, por muchas obras de arte que atesoren, sino en espacios espirituales y facilitadores del encuentro con el Misterio divino. Con pena asisten no pocos cristianos en la actualidad al cobro de entradas a algunas catedrales e iglesias, incapaces de mantenerse por las aportaciones de sus fieles o la sensibilidad de una cultura cada vez más alejada de lo sagrado. Esto es, sin duda, un síntoma de la profunda fragilidad de la Iglesia en Occidente actualmente.
Podemos entrar en estilos y géneros artísticos diferentes, algunos más acertados que otros, pero lo que nunca debería de faltar es el buen gusto (la estética) que ha de emanar siempre de un profundo sentido místico de la belleza. Cuando construimos un templo no lo hacemos sólo dotándolo de un sentido estético y funcional, sino también sacral. Las cosas buenas que en los templos se hacen no son las que lo santifican, pues muchas de esas cosas también se pueden hacer en otros sitios. Es más, sería recomendable delimitar espacios para no mezclar el ocio con el negocio, la estética sacral con la apariencia o la comodidad a la hora de reunirse con la verdadera vida comunitaria. Lo que hace santa a la Iglesia es el mismo Jesucristo que la funda en cuanto piedras vivas, poniéndose él mismo como cimiento y fundamento.
De la misma forma que podemos comer de la sartén en la cocina (casi como animales), pero no deberíamos hacerlo sin ritualizar el momento del desayuno, la comida o la cena, tampoco estudiamos cuando estamos en un bar con los amigos ni bailamos en una biblioteca. Cada espacio tiene una función, estando preparado para una determinada actividad. Al no ser ángeles, necesitamos rodearnos de un escenario que nos ayude a centrarnos en aquello que queremos hacer. Así, una iglesia es un lugar de oración.En cuanto tal, es posible orar con el arte en un templo mediante exposiciones o conciertos, pero sin mezclar o confundir lo profano y lo sacro como si fueran un mismo ámbito. Ciertamente Dios está en todos sitios en cuanto Dios encarnado, pero nosotros accedemos a él de forma gradual y necesitamos que el ambiente nos ayude a distinguir las realidades terrenales y celestiales. Ningún cirujano operaría en un altar y ningún sacerdote diría misa en un quirófano (salvo excepciones). Ello no significa que no podamos encontrar a Dios en una oración o hallar sanación en la Eucaristía. Separar los ámbitos no supone recluir lo sacro en ciertos lugares, espacios o tiempos, sino ayudar a que sea vivido de una forma más profunda. Una vez hecho eso, podemos ser más libres y creativos para descubrir a Dios presente en cualquier realidad.
Jesús es especialmente sensible al mal uso de los espacios sagrados, sobre todo cuando los espacios sagrados son mancillados con negocios revestidos de sacralidad. Con todo, no trata de la misma forma a unos que a otros. Por ejemplo, es muy duro con los que venden bueyes, ovejas y cambian monedas en mostradores hechos para especular (negocios lucrativos), pero parece menos severo con los pobres que vendían palomas a otros pobres. También en esta forma de poner los puntos sobre las íes apreciamos una pedagogía sagrada que busca el shock en los corazones y actitudes más endurecidas y una simple reprimenda en los pecados “veniales”. Por supuesto, queda lejos de toda lógica interpretar la actitud como una legitimación de la violencia. Su gesto es más profético que práctico, pues sabía que el templo seguiría hasta el final de sus días con la misma práctica.
Jesús acabaría crucificado fuera del templo; un templo que años después sería destruido para siempre, mientras que el Templo de Cristo está vivo y sigue presente en su Iglesia. Porque la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo que prolonga en el espacio y en el tiempo el espíritu de Dios que lo habita.
Humana y divina, pecadora y redimida, nuestra Iglesia se hace presente en el mundo, unas veces con más facilidad que otra, pero siempre tratando de ser fiel a su misión. Pidamos por la Iglesia, en especial por la Iglesia en la diócesis de Cartagena, nuestra Iglesia local, una de las más antiguas del mundo y depositaria de una riquísima tradición que debemos recibir con respeto, conservar con diligencia y transmitir con entusiasmo.
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