Este año jubilar 2025 es el centenario del inicio de la fiesta de Cristo Rey. No estamos, por tanto, ante una solemnidad muy antigua, aunque su significado sí está profundamente arraigado en la tradición bíblica, no sólo en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo. Así vemos como a Jesús se le asociaba con el título de “rey” (de hecho, es la excusa por la que lo matan). Tal vez fuera porque él mismo usaba el término “reino” para referirse a la presencia salvífica de Dios en su creación, circunstancia que anuncia e inicia con su misión.
El prefacio de la misa de hoy nos da algunas claves teológicas muy ricas sobre el significado del reino de Dios. En él se habla, por ejemplo, de Reino de “verdad y vida”, de “santidad y gracia”, de “justicia, amor y paz”.
No estamos, por tanto, ante una solemnidad de índole político (la pugna entre monarquía o república), aunque tal vez en sus orígenes algunos pretendieran usarla para legitimar el poder que las monarquías europeas veían amenazado e incluso extinto desde la revolución francesa o la más reciente revolución rusa que acabó con la vida del zar en 1918, siete años antes del inicio de esta solemnidad. En la primera lectura veremos cuál es y de dónde viene la verdadera legitimación del poder real según la Sagrada Escritura, pero antes de eso conviene analizar la realidad que nos afecta, para tratar de iluminarla desde la Palabra de Dios.
Muchos sociólogos advierten del peligro que está provocando el relativismo y la falta de autoridad en los líderes políticos y religiosos actuales. Este vacío puede estar en el origen de algunas propuestas maximalistas (siempre simplistas). Es importante señalar que la mayor la tiranía no es la que se ejerce desde una violencia exógena a las sociedades y a las personas que las conforman, sino aquella que las mismas personas y sociedades hacen suya, sacrificando incluso su libertad en aras de una supuesta “seguridad”. En este caso, el éxito de autoritarismo no está en que sea impuesto desde fuera por ningún régimen, sino en lograr ser inoculado en el corazón y en la mente de las personas para que sean ellas mismas las que se autocensuren y limiten su propia libertad. De esta manera, la organización social deriva en una especie de dictadura endógena que no ve con malos ojos la lenta pero progresiva pérdida de las libertades. En estas sociedades el miedo a ser diferente, a ser señalado como heterodoxo o a salirse del redil, actúa como auto freno que facilita el control de las masas mediante el auto control de los propios ciudadanos.
Por eso hemos de explicar bien en qué cosiste el reinado de Cristo, pues se trata de un reinado “que no es de este mundo”, es decir, que hunde sus raíces en la eternidad, en lo más hondo de la condición humana, allí donde se gesta y se madura la libertad. El Reino de Dios remite así a esta libertad, consciente y libremente ofrendada (no perdida ni arrebatada) al único que realmente puede llevarla a su plenitud, porque nos creó para ello. 3¿De qué tiene que librarnos Dios? Desde la propuesta cristiana, el máximo enemigo de la creación es el pecado y la muerte, o dicho de una forma más amable para algunas personas: el mal y los límites de la vida.
Al hablar de muerte o de límites de la vida es inevitable que la solemnidad de Cristo Rey tenga unas connotaciones escatológicas. Tal vez sea el tema de la escatología uno de los temas espirituales menos abordados. La cercanía del adviento nos puede ayudar a profundizar en él, abordándolo no sólo desde los límites de este mundo y su inevitable fin, sino sobre todo desde el germen o semilla de vida que nos es dado, así como desde el camino que Dios nos pone delante para alcanzar la plenitud. En este sentido, el reinado de Dios sería una forma o estilo de vida que lejos de ahogarse en la muerte biológica o en los males, pecados y defectos de este mundo, pone el centro de atención en la espiritualidad, entendida como actitud vital que nos ayuda a liberarnos aquí y ahora de las ataduras que nos impiden ser verdaderamente felices. Sólo quien deja que Dios reine en su vida y funda en ese reinado su propia soberanía personal, encuentra la auténtica libertad, viéndose capacitado para desenmascarar las mentiras y evitar las trampas con las que el mal pretende dominarnos y movernos a su antojo como marionetas.
El origen de la autoridad mundana ha de fundarse así en el poder de Dios, Creador del mundo y su verdadero dueño, por encima del mundo de los espíritus y de todo lo invisible. Este poder divino que viene de lo alto nunca se ha dado en la tradición bíblica de forma directa a una única persona. Así lo explicita el libro de Samuel, cuando se nos cuenta cómo el pueblo de Dios acometió el gran cambio de asentar la monarquía como forma de organización política al elegir a David como sucesor de Saúl. En el texto se deja claro que el poder viene de Dios, pero (y aquí está la clave) a través del pueblo unido que discierne y concreta la voluntad divina. Por tanto, la soberanía está en el pueblo, no en el rey de forma directa o privilegiada, al margen de la comunidad de donde proviene.
Ello no niega la vocación de David, sino que la confirma y legitima. Toda autoridad ha de ser la conjunción armónica entre una vocación personal (experiencia privada) y la voluntad divina expresada siempre a través de la unión de su pueblo, de donde sale el llamado y al que es enviado como su servidor. Es el pueblo quien reconoce y legitima la llamada de sus miembros, también de sus líderes. De lo contrario, caeríamos en un subjetivismo que dinamitaría la unión, pues acabaría por enfrentar las vocaciones en lugar de armonizarlas, convirtiendo el acceso a cualquier tipo de poder o cargo con autoridad en una lucha, muchas veces sangrienta, en la que casi todo vale. Por desgracia, esta es la concepción que hoy día predomina. El verdadero líder no se impone, sino que es propuesto. Si durante muchos siglos se creyó que el poder divino descendía directamente sobre un rey o una reina y su poder era incuestionable, lo cierto y verdad es que teológica y espiritualmente todo poder divino se derrama primeramente en su pueblo y sólo a través de él es encomendado de forma personal a alguien “elegido”, que representará la realeza divina como “siervo de los siervos de Dios” y no como su dueño. 4Las tribus del pueblo de Dios tenían como referencia del poder divino la ciudad de Jerusalén en cuanto trono de Dios. Era lógico que el rey que lo representaba también tuviera allí su palacio y su trono como sacramento de la presencia divina en medio de su pueblo. Es a esa ciudad, como bien indica el salmo de este año, al que se encamina todo el pueblo, incluso físicamente a través de las diversas peregrinaciones.
Pero centrándonos en Cristo, no podemos dejar pasar la fina teología con la que Pablo va dando forma a su reinado. Aprovecha para ello el problema con la iglesia de Colosas, fundada por su discípulo Épafras y que andaba confundida sobre la identidad de Jesucristo, lo cual suponía al mismo tiempo un peligro y una oportunidad para profundizar en la identidad del Señor. El contenido de la carta de Pablo a los colosenses es cristológico, en especial el himno que hoy se proclama en la segunda lectura. Dicho himno tiene dos partes: la primera es una acción de gracias; la segunda es de índole doctrinal, si bien está redactado en forma de oración o himno litúrgico (tal vez ya era recitado en algunas celebraciones o fuera compuesto por Pablo para ello).
En el himno de colosenses vemos cómo se relaciona a Cristo con el Padre, en cuanto “imagen de Dios invisible”, y con la creación en cuanto “primogénito de toda criatura”. De esta forma se sitúa a Cristo entre Dios y la humanidad, apuntando sus dos naturalezas, divina y humana. Por otro lado, se afirma mediante tres preposiciones que Cristo no es un ente más del ámbito espiritual, sino que está por encima de él. Así, cuando pablo dice que “todo fue creado EN él, POR él y PARA él”, así como que “todo subsiste EN él”, nos está diciendo que su primogenitura no es en cuanto un ser creado (aunque fuera angelical o espiritual como daban a entender los pre gnósticos) sino en cuanto fuente, sustento y redentor de la creación. En una palabra: está afirmando la divinidad de la naturaleza de Cristo, una divinidad que atraviesa la creación consagrándola y santificándola con su propio sacrificio, y no de forma etérea o angelical.
Pablo vincula así dos conceptos muy importantes en teología: la “creación” y la “redención”.
También el himno presenta a Cristo como cabeza de la Iglesia, que no es el Reino de Dios, sino un sacramento o signo de dicho Reino.
Identificar a la Iglesia con el Reino es un error. La santidad de la Iglesia no procede de sus obras, sino de ser el cuerpo místico de Cristo, quien está a su cabeza. Así, todo el mundo, incluso el mundo angélico, es pacificado por Cristo, teniendo como ámbito privilegiado su nuevo pueblo: la Iglesia. Cristo es situado como rey de la creación y de la propia Iglesia a la que dona su cuerpo. En Cristo reside la plenitud; no es un ser espiritual mal, ni tan siquiera un ser angelical superior, sino que es Dios mismo. 5Finalmente, el Evangelio de este año sitúa ante nuestros ojos la elección que debemos hacer ante la propuesta de reinado de Dios que acabamos de insinuar antes: reconocer a Cristo como un rey humano o hacerlo en cuanto Rey universal por encima de todo lo creado, aunque se encuentre inmerso e incluso sometido a todo lo creado. La opción es fácil hacerla desde la teoría, pero en nuestro posicionamiento práctico no lo es tanto.
No son pocos los cristianos que siguen pensando en el poder como una herramienta necesaria para la transformación del mundo, santificándolo o consagrándolo mediante todo tipo de razonamientos. Pero el poder que no emana del servicio siempre acaba pervirtiendo a quien lo ostenta.
Jesús entendió esto y optó por el camino del servicio como expresión de su soberanía. La consecuencia práctica es la burla, sobre todo en el momento supremo de la entrega: la cruz. Se burlan de él prácticamente todo el mundo. La frase lógica desde la perspectiva del reinado en cuanto poder es: “si eres Dios, bájate de la cruz” o “que se salve a sí mismo”. Es lo que haría un rey terrenal: apelar a su poder mundano para librarse de la injusticia. Pero Cristo no un rey terrenal, sino celestial (que incluye también lo terrenal). Por eso su respuesta es la aceptación de la voluntad del Padre, aunque humanamente le fuera difícil de entender. Ahí está su vocación personal e intransferible a la que se siente interpelado a responder con fidelidad, incluso sin entenderla del todo.
Sólo hay en esta escena una persona con la agudeza espiritual suficiente para comprender el significado de esta forma de reinar: el buen ladrón. Lo entiende porque se deja interpelar por el absurdo de esta actitud solidaria de alguien que siendo inocente comparte el destino de los culpables sin que nadie le obligue a ello, pudiéndose evitar ese trance tan cruel. Es esta mirada contemplativa de la compasión ajena la que le lleva a hacer una petición maravillosa: “acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. No pide la salvación ni el perdón; no pide alivio en su sufrimiento ni un milagro que le librara de aquel momento… sólo pide no ser olvidado. La recompensa es inmediata: “¡HOY estarás conmigo en el paraíso!”.
El buen ladrón nos enseña así el camino más directo para entrar en el Reino de Dios: reconocer la soberanía divina en aquellos que tienen compasión del mundo; descubrir el reino de Dios en todas las circunstancias en las que alguien, sin tener necesidad, se sacrifica y comparte el destino de los sufrientes de este mundo pudiendo elegir la indiferencia o la diversión.
Para entrar en el Reino de Dios y para que Dios reine en nuestras vidas, primero hay que tener la mirada de aquel buen ladrón para luego poder desarrollar también un corazón capaz de compasión, sacrificio y entrega por las causas justas de este este mundo, que son inicio y antesala del Reino que nos aguarda tras el umbral de la muerte.
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