La conmemoración de los fieles difuntos fue instituida en el año 998 por el abad San Odilón de Cluny y posteriormente adoptada por la Iglesia. Esta celebración busca ayudar a las almas del purgatorio en su camino de purificación, para poder alcanzar con más facilidad la santidad en el momento del juicio final. No hemos de confundir ni mezclar esta celebración con la solemnidad de todos los santos. El hecho de que se celebren en días seguidos hace que ambas celebraciones tiendan a ser confundidas como una única fiesta, mezclando a los difuntos con los santos, como si ambos compartieran una misma realidad. Todo ello se agrava si añadimos la contaminación con las celebraciones paganas, sobre todo provenientes de la cultura anglosajona o mexicana a través de Halloween o del día de los muertos.
Si bien hemos de asumir que muchas de nuestras celebraciones no vienen “llovidas del cielo”, sino que emergen de una realidad social y cultural entremezclada con elementos paganos que a menudo son sacralizados, también hemos de tener claro que muchos de esos elementos antropológicos o sociológicos están a veces contaminados por creencias supersticiosas, e incluso mágicas, entrando en clara contradicción con el mensaje de la fe. Discernir lo uno de lo otro para no mundanizar las celebraciones religiosas es una tarea teológica y pastoral de primer orden, pues incluso con la mejor de las intenciones podemos caer en el error de trivializar, cuando no atentar directamente contra el mensaje de la salvación.
La Iglesia celebra el uno de noviembre a todos los santos, especialmente a los anónimos cuyas almas esperan, cerca de Dios (en contemplación beatífica) la resurrección de la carne para culminar así su salvación. En el día de los difuntos, más que hablar de santidad, hablamos de la realidad de aquellos que han muerto con una vida que todavía no está preparada para entrar en la presencia de Dios, necesitando una purificación. Si bien ese proceso de purificación de nuestras almas tras la muerte es un proceso personal, no está exento de la solidaridad y ayuda de los santos y de los que todavía estamos en este mundo pues, según la comunión de los santos, el hecho de que nadie se salve solo sino en comunión nos lleva a tener que rezar los unos por los otros, especialmente por quienes más lo necesitan.
De esta forma, en este día, toda la Iglesia alza su oración por los que han fallecido, cualquiera que sea su estado o situación, mostrándoles nuestra solidaridad y apoyo para que en su proceso de purificación encuentren el camino adecuado que le lleve a entrar en la salvación, tras el juicio final que todos tendremos que afrontar para afianzar el bien que haya en nosotros y ser liberados de todo mal. Será entonces cuando cada alma recupere su cuerpo espiritualizado, venciendo así la consecuencia de la muerte y afrontando la plena relación con Dios y con los hermanos.
Hablar de difuntos es hablar de separación y toda separación tiene mucho de dolor y pena. Lo primero que la muerte separa es el alma del cuerpo. Desde un punto de vista espiritual, existen muchas formas de muertes, pero todas ellas conducen a la más evidente: la muerte biológica. Con todo, la muerte que acontece al final de una vida biológica viene precedida de muchas pequeñas muertes, que son como pequeñas (o grandes) separaciones provocadas por rupturas o pérdidas. Podemos considerar a este proceso injusto y cruel con la palabra “diabólico”, que literalmente significa todo aquello que separa, rompe o rasga, especialmente la unidad y la armonía original de la creación, cuando ésta sale de las manos de Dios.
Así, es muerte perder la salud (bien de forma brusca o lenta), la vitalidad, la amistad, la paz, la paciencia, la decencia, la vergüenza, la justicia, la bondad… hay muertes biológicas y muertes morales; pero son realidades que van íntimamente unidas, pues ya nos dijo san Pablo que la muerte es consecuencia del pecado (Rom 5,12). A la raíz de este mal que nos obliga a distinguir entre vivos y muertos, santos y pecadores, está la obstinación diabólica que pretende romper y separar lo que la dinámica creativa de Dios ha pensado y quiere que sea unidad y armonía.
Pero lo que en estas fechas más a flor de piel tenemos es la separación de aquellas personas queridas (amigos y familiares) que han dejado este mundo. Incluso abrimos el abanico para tener presentes también a todos aquellos difuntos anónimos por los que ya nadie reza.
Un paseo por nuestros cementerios nos hace caer fácilmente en la cuenta de lo caduco que es el recuerdo de los que han dejado este mundo.
¡Cuántas tumbas nobles que en su momento fueron lujosos panteones hoy se hunden abrazados por las hierbas silvestres sin que queden familiares que las limpien o lleven flores! Y es que, en el mejor de los casos, nuestra memoria permanece dos o tres generaciones, no más.
¿Quién recuerda el nombre de sus bisabuelos o tatarabuelos? ¿Quién sabe dónde están enterrados y reza por ellos con la misma pasión que lo hace por sus padres o abuelos? Y eso en el caso de familias más o menos estructuradas o ennoblecidas, pero ¿Qué hay de aquellos que mueren solos o de los pobres en tumbas comunes? Pues hoy es el día para alzar la voz y el corazón por ellos y mostrarles nuestra solidaridad.
Pero si la muerte sólo fuera una separación, todo sería tristeza, pena o añoranza por quien se fue y ya no volverá, recuerdos que sólo encienden nuestra melancolía y nos hacen entrar en un bucle inútil de sentimientos que nos hacen esclavos de unos duelos imposibles de superar.No hace falta explicar el dolor de la separación, pues es algo que todo ser humano normal experimenta, creyente o no creyente. No sentir el dolor de la separación es un síntoma de alguna psicopatía o de procesos psicológicos enfermizos que se blindan ante la realidad para no sentir el dolor. Lo normal es que nos duela la muerte, y no sólo porque nos arrebata a los seres queridos, sino también porque es como una profecía que anticipa nuestro propio final.
Pero Dios tiene la capacidad de reconducir toda traba diabólica para que finalmente encaje en la dinámica creativa de Dios mediante procesos restaurativos. Dios es como el judoca que usa la fuerza bruta del enemigo para vencerle sin humillarlo, esperando incluso su conversión, porque Dios quiere la conversión del pecador, no su condenación, que es como una muerte de la que ya sí que no se puede volver porque libre y conscientemente se elige la separación de Dios por pura obstinación.
Así, Dios nos ayuda en este día a darle un sentido nuevo a toda separación, asumiendo lo que de injusto y cruel tiene, pero dotándola de un sentido nuevo. Dios nos enseña a amar incluso en la separación; es más, nos enseña a convertir la separación en la excusa perfecta para amar más. En realidad, todo amor necesita un espacio para no devenir en posesión. El amor posesivo no deja espacio al otro, sino que invade su espacio, lo ahoga, lo retiene y erosiona su autonomía. Sólo hay amor si hay distancia, porque la distancia no es lejanía, sino un hermoso espacio para el verdadero encuentro, un encuentro que respeta la autonomía del otro, que teje lazos y puentes, pero no para retener o invadir, sino para establecer relaciones enriquecedoras.
Seguimos amando a los que se nos han ido, incluso más que cuando estaban en este mundo. De esta manera, la muerte, lejos de separarnos de nuestros difuntos, nos unen más ellos, aunque de una manera diferente a cuando estaban en este mundo. Su memoria debe ser memoria agradecida y no añoranza. Porque la añoranza está fundada en un duelo que nace del afán de posesión. Este afán de poseer o de retener en este mundo a los que ya se han ido de él nos hace sufrir mucho, así como también hace sufrir mucho a las almas de los que se han ido.
Es realmente difícil adaptarse a esta nueva realidad, pero es necesario aprender a hacerlo hasta que todos crucemos el umbral de la muerte y nos encontremos ya, renacidos, en la Vida con mayúsculas, una vez paridos tras la muerta a esa realidad que ahora sólo podemos intuir.
Que este día de los difuntos no se quede anclado en la oscuridad de la tumba, sino que seamos capaces de buscar a Cristo entre los vivos, porque Él ha resucito y con él todos aquellos que se dejan coger la mano para ser rescatados de la muerte.
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