Hoy recomienda la liturgia una homilía corta y austera. En este momento del triduo pascual debe primar el silencio contemplativo más que la reflexión intelectual, pues lo que realmente mueve nuestros corazones a la conversión no son las ideas, sino la experiencia de confrontar el sufrimiento y la muerte, que son realidades siempre crueles e injustas. Es esta otra forma del lenguaje, otra manera de entrar en comunicación con Dios Creador, quien hace el mundo para el bien y el amor, pero se encuentra ante una realidad de mal que en ningún caso puede consentir.
Hoy celebramos que la Palabra de Dios lleva hasta sus últimas consecuencias el hacerse carne de nuestra carne. De alguna manera, el misterio de la encarnación se consuma plenamente cuando Dios mismo asume en la persona del Hijo la pasión injusta, la traición, el abandono y la muerte. Estas experiencias, que ya quedaban apuntadas ayer noche cuando al acabar la cena fraterna acompañamos a Jesús a Getsemaní, hoy se hacen realidad al entregarse Jesús, silente y sin condiciones, a aquellos que le habían traicionado. Así, el Dios eterno que nos juzgará al final de nuestras vidas, se somete el primero al juico humano y tiene que soportar en sus propias carnes la torpeza de este juicio. Así, ante la disyuntiva de asumir la misión de Jesús, uno de sus mejores amigos le traicionará; otro le negará y el resto le dejarán solo. Incluso aquellos que hubieran querido permanecer a su lado se verán privados de ello por la injusticia de las leyes humanas.
Únicamente tras su muerte algunos podrán recuperar su cuerpo, ya inerte, para darle digna sepultura.
Y así, el ser más grande que jamás ha podido dar la historia sufrirá una de las muertes más crueles e injustas y tendrá un funeral prácticamente clandestino, acompañado únicamente por unos pocos que mantendrán en su persona la dignidad del discipulado: en primer lugar, María, siempre María y a su lado el joven Juan; pero también Nicodemo y José de Arimatea, y el grupo de mujeres valientes que cubrirán las espaldas a los que en teoría deberían haber dado la cara. También destaca la figura del buen ladrón, el único santo (sin nombre bíblico) del que tenemos certeza que está verdaderamente en paraíso, sin necesidad de proceso de beatificación. Su único mérito, haber tenido la oportunidad de morir junto a Cristo sin hacerle ningún reproche, sino únicamente pidiéndole lo que Cristo posiblemente más deseaba en ese momento: compañía. Porque en los momentos de dolor y sufrimiento, cuando la muerte se presenta como una realidad inevitable, sobran las palabras y lo único que verdaderamente consuela es poder estar con alguien; no morir solo.
Y así, quien se pasó años predicando, entra en un silencio voluntario y enigmático. Con ello, el silencio deja de ser un vacío existencial para convertirse en un lenguaje nuevo, preñado de sensaciones, intuiciones y ecos a través de los cuales hemos de discernir la voz invisible de Dios en nuestras almas. Dios guarda silencio y de esta forma lo consagra como una de las palabras más profundas en donde con más radicalidad se puede sentir la presencia de Dios rompiendo la nada y el vacío y llenándolo todo de una tensa espera. El silencio tiene mucho de pedagogía. Por eso hoy debemos entrar en el gran silencio, interno y externo, hasta que mañana noche una voz rompa la oscuridad y anuncie que Cristo ha vencido a la muerte.
Pero hasta ese momento, hagamos silencio con María y Juan; sepultemos al amigo como Nicodemo y José de Arimatea. Preparémonos para el duelo de aquello que ha muerto en este mundo pasajero, como lo hicieron las mujeres que se prepararon para amortajar a un muerto y se encontraron la mañana siguiente con una tumba vacía.
Hagamos silencio también como lo hicieron los apóstoles al encontrarse de bruces con su falta de fe y valor para unirse a los pocos que mantenían la dignidad del discipulado a pesar de no haber sido nombrado apóstoles, especialmente rompiendo la noche con sus lágrimas de arrepentimiento al constatar la realidad de su fragilidad e indignidad.
Al acercarnos a la cruz y al recibir hoy el cuerpo de Cristo, llevemos nuestro corazón en carne viva. Miremos al siervo sufriente que cumple la profecía de Isaías y al único y verdadero sacerdote capaz de compadecerse de nosotros sin reproche alguno.
Demos gracias a Dios por romper el yugo de la muerte con su muerte y por quitar el pecado del mundo con un sacrificio redentor de todas nuestras ingratitudes. Y si se nos concede el don de lágrimas, esta noche y mañana es tiempo también de llorar por nuestros pecados y por los pecados del mundo; pero no lo hagamos como expresión de nuestro amor propio, roto por nuestra fragilidad, pues hoy lo que debemos poner en el centro no son nuestras miserias, sino la cruz a la que Cristo las llevó para crucificarlas con él y dejarlas allí para siempre. Así, mirando la cruz, vemos al Justo que muere por nosotros, que carga con nuestros pecados para liberarnos de ellos y que nos quiere ofrecer su cruz como un espejo que, al mismo tiempo que refleja nuestros pecados, nos anuncia la redención, pues Él vive y ni el pecado ni la muerte tendrán jamás poder sobre su amor.
Cristo pasó por la cruz dejando en ella la podredumbre del mundo. Pero como celebraremos en unos días, la basura del mundo también puede ser el mejor abono para que crezca la vida y florezca un mundo nuevo de colores y perdón. Con esa esperanza en el corazón, pidamos al Salvador de mundo que nos ayude a pasar por nuestras cruces, unidos a la cruz de Cristo, participando con él no sólo de la pasión y de la muerte, sino también de su resurrección.
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