**HOMILÍA**
La solemnidad de todos los santos suele estar empañada por la conmemoración de los fieles difuntos que se celebra al día siguiente. La cercanía de ambas fechas ha provocado una especie de confusión celebrativa en la que la añoranza de nuestros difuntos más allegados difumina la memoria festiva y agradecida de la infinidad de santos anónimos, orgullo de la Iglesia, aunque sus nombres no consten en ningún santoral.
En la solemnidad de todos los santos recuperamos la frase del credo que dice: “creo en la comunión de los santos”. Esta comunión no es sólo la de la Iglesia terrenal, sino que incluye a los que nos han precedido en este mundo y se encuentran ante Dios esperando que la resurrección de la carne les devuelva su cuerpo para afrontar el juicio final que marcará definitivamente nuestra eternidad.
Las lecturas que la liturgia de la Iglesia nos ofrece en este día son las mismas en los tres ciclos litúrgicos. Se trata de visiones escatológicas que remiten a una realidad ya presente, pero que todavía no se ha desarrollado en plenitud. Lo importante es no quedarse aferrados a lo caduco de este mundo, sino saberse en el caudal de la vida y en la senda correcta que poco a poco nos vaya transformando en bienaventurados. No se trata, por tanto, de desplegar una espiritualidad “escapista” de un presente que nos hipnotiza o de un futuro lejano y utópico que nos aliena, sino de una espiritualidad realista que parte de los hechos, enriqueciéndola y dotándola de todo el potencial y el dinamismo necesario para alcanzar la meta que nos es propuesta.
En lo que respecta a la creencia en la vida eterna, hemos de distinguir entre la ilusión y la esperanza. El creyente no vive de ilusiones en un mundo ideal, porque las ilusiones producen ilusos, mientras que la esperanza forja hombres y mujeres realistas y activos, dinamizados por un mañana que da sentido al presente, que nos motiva y alienta para que nos lancemos con ardor hacia la perfección del mundo. Dicho de otro modo, no nos debe importar tanto si hay vida después de la muerte cuanto nuestra capacidad para vivir en plenitud, incluso antes de morir.
La solemnidad de todos los santos nos remite a personas anónimas que por su ejemplo de vida creenis que están ante la contemplación gloriosa de Dios, más cerca en su proceso de salvación que otros que han llevado una vida mediocre y que tal vez necesiten un proceso más largo de purificación hasta estar preparados para el juicio divino que antecederá la salvación total, una vez reunido cuerpo y alma, para integrarnos en el Todo del que emanó nuestra vida. A ese proceso de purificación hasta alcanzar esta situación indispensable para aceptar el juicio de misericordia es a lo que llamamos de una forma más o menos acertada “purgatorio”. No se trata de un lugar, sino de un estado de purificación indispensable para entrar en la senda de la salvación.
El libro del Apocalipsis recoge un número concreto de elegidos que se corresponde simbólicamente con el de las 12 tribus de Israel (12 tribus por 12.000 miembros por cada tribu dan la cifra de 144.000). Estos números han de ser interpretados en sentido metafórico, no matemático. Ahora bien, incluso detrás de estos “privilegiados”, por el mero hecho de ser pueblo de Dios, hay un número incontable de personas de todo tipo, raza y condición. Ellos son los que, a pesar de no ser parte formal del pueblo elegido, darán a Dios un culto que se resume en siete palabras: alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza… hasta los mismos ángeles caen ante estas palabras en la visión de Juan. El texto nos obliga a especificar de qué personas se trata: ni más ni menos que las víctimas de la historia cuyo martirio y sacrificio vital ha purificado sus vidas a pesar de ser bañadas en la sangre de Cristo. El salmo responsorial nos aclara y concreta de qué tipo de personas estamos hablando: personas de manos inocentes y puro corazón que han aprendido a no confiar en los ídolos; es decir, personas libres de cualquier idolatría que han sabido poner a Dios en el centro de sus vidas.
Pero incluso a pesar de poder ser llamados hijos de Dios, bien por el bautismo formal o por nuestra vida martirial semejante a la de Cristo, todavía hemos de esperar la manifestación final de lo que somos. Esto quedó acuñado en la expresión teológica del “ya sí pero todavía no”, que tanto ayudó a entender el teólogo Jürgen Moltmann. Esta expresión está inspirada en la primera carta de Juan que hoy tenemos como segunda lectura. Esto significa que a pesar de poder decir que YA SOMOS hijos de Dios, TODAVÍA no se ha manifestado en plenitud lo que seremos. Se trata así de mantener una sana tensión entre la esencia de hijos de Dios, que nadie nos puede arrebatar, y la realidad plena de lo que seremos si seguimos así (algo que no hemos podido alcanzar todavía). Precisamente el pecado consiste no tanto en la infracción de unas normas (eso serían las consecuencias), sino en la contradicción vital que supone actuar de forma contraria a lo que somos, cosa que no sólo hace daño a la creación y a los demás, sino también a nosotros mismos, porque la primera víctima del pecado es el propio pecador. El pecado está en negar lo que soy, no sólo en transgredir una norma que marca lo que debo hacer.
Las bienaventuranzas (ese maravilloso sermón de Jesús) que siempre son proclamadas en este día, nos ayudan a entender la respuesta del hijo de Dios a su identidad; lo hace de una forma concreta; tan concreta que podemos mirarnos en ella como en un espejo para comprobar si hay autenticidad en nuestra vida o mera apariencia. Son nueve las bienaventuranzas y cada una de ellas tiene consecuencias semejantes, pero con matices. Antes de explicitarlas, es importante resaltar que no se trata de una normativa expresada en forma de norma prohibitivas, sino como propuestas a realizar o caminos abiertos para alcanzar la verdadera felicidad que a veces chocan con las propuestas tramposas de este mundo, tan fáciles de entrar por ellas como difíciles para liberarse.
En español podríamos distinguir entre aventurados y aventureros. El aventurero puede estar movido por la valentía, pero le falta la brújula, el norte, el sentido de la vida. Un aventurero no valora el riesgo, no tiene temor; se lanza sin pensar, movido por la confianza en sí mismo sin tener en cuenta que todos somos dependientes de algo o de alguien. Por el contrario, el aventurado conoce el riesgo, es consciente de las consecuencias, pero a pesar de ello se lanza con confianza, porque en su horizonte sí existe un norte, un sentido, una meta. Digamos que el aventurero se deja llevar por el viento que sopla sin carta de navegación, mientras que el aventurado no se deja arrastrar por los vientos que soplan ni encandilar por los cantos de sirena, ni por una curiosidad malsana; su vida está orientada hacia una meta que sabe que es bella y verdadera.
Sólo el aventurado puede ser así pobre de espíritu, es decir, vivir sin apegos; sabe llorar porque comprende que hay un consuelo para cada lágrima; sabe sufrir porque conoce que hay penas que merecen ser asumidas para heredar algo mejor en este mundo; también tiene hambre y sed de la justicia, porque conoce las consecuencias de la injusticia y busca más saciar a los demás que saciarse a sí mismo. El aventurado tiene misericordia porque se sabe sujeto de una Misericordia mayor; es limpio de corazón porque comprende que es la única forma de ver con claridad el rostro de Dios, sin mediaciones ni artificios.
Pero el aventurado también suele ser víctima de la injusticia humana; navega contra corriente y en su camino se encuentra con aventureros no permiten que alguien tenga clara su meta, pues el simple hecho de estar orientados en la vida destapa y denuncia la jauría de vidas sin norte ni sentido. Por ello no es extraño que los aventurados suelan ser insultados, perseguidos y calumniados, cuando no ridiculizados por la causa que les llena de sentido… A ellos se les pide estar alegres, porque la recompensa del cielo compensa con creces los padecimientos de este mundo.
Tenemos las herramientas necesarias y la carta de navegación que Jesús nos dejó en el sermón de la montaña y que luego cumplió con su vida; tenemos el ejemplo de los santos conocidos y de la legión de santos anónimos, gracias a los cuales nuestros pasos tienen un camino que seguir; un camino hecho a golpe de pisadas que nos han antecedido; son pasos conocidos, familiares; pasos que incluso pueden ser recientes, de personas a las que hemos admirado y con las que estamos deseando reencontrarnos en la otra orilla. Hoy nos toca pedir por ellos y recordarles, como algún día otros pedirán por nosotros en esa maravillosa comunión fraterna entre la Iglesia terrestre y la celeste que supera todo espacio y lugar.
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